Preocupada por los cuernos platónicos que le estaba poniendo a mi consorte, y para fortalecerme en mi dulce pirateo, le puse a mi marido una trampa. Contraté a una preciosa pedazo de putón con un cuerpazo impresionante, para que le diera un masajito después untarle en algas y de nalgas. Me puso unos cuernos que todavía me pican. Con ello, mi conciencia se apaciguó bastante.
Salvo mi hermana tercera, la del 7% para los pobres, la del Papa, la Pepito Grillo de los huevos, que no hacía más que decirme que la felicidad no la da el dinero, que cuanto más se tiene más se quiere, que estaba gastando sin tener en cuenta que, con lo que me había gastado en Manolos, comían un año todo un pueblo de Chiapas. ¡Qué jodía! Cómo se notaba que la pasta no era suya. El dinero era mío, solo mío. Me empezaba a parecer que todas ellas me miraban envidiosas. ¡Con la de pasta que me había gastado en ellas! ¡Qué ingratas! Envidia que ellas no tenían millones. Aburrida de escucharla, le pagué un viajecito a Taizé para que me dejara tranquilita una temporada. Allí recuperó la fe perdida en Roma.
Os preguntaréis qué había sido del generoso Pirata, de aquel hombre de ojos negros, el de la mirada embaucadora y dulce sonrisa. He de decir que mi masajista, el de siempre, el que llevaba a todas partes, el que comprendía que necesitaba masajes por la mañana y por la noche, que mi espalda, después de tantos años de curro estaba recauchutada, ese masajista, ese mismo, cuando me tumbaba de espaldas desnuda, me rogaba dulcemente que cerrara los ojos. En cuanto terminaba de masajearme sin parar, me susurraba al oído ¡me encantas!
Cuando sonó el despertador, sentí como mis músculos se endurecían y mi mente se negaba, no podía despertar, no quería, me faltaba mucho por gastar, mucho por vivir, mucho por disfrutar.
-Todavía noooooo – grité aterrorizada.
Todavía podía ser solidaria, crear una fundación para dar de comer al hambriento, vestir al desarropado, dar de beber al sediento, ¡Dios mío me volveré una santa pero no me despiertes!
-Noooooooo
Nadie me escuchó.
Todavía sintiendo vivamente en mí los millones y mi vida de lujos y desenfrenos, mi cuerpo lánguidamente me arrastró a la ducha que fue la que me devolvió a la puta realidad.
Le vi en el semáforo. Sorprendida, fijé la vista en el hombre de pelo rizado y ojos negros que vestía una camisa de mujer blanca con lacitos negros en las muñecas. Mientras limpiaba mi parabrisas sonreía pícaro enseñándome su mellada e indecente dentadura.
Con mucha tristeza puse en su ennegrecida mano un euro. Él, sonriente, me miró a los ojos con dulzura diciéndome.
-¡Me encantas!
PilinguiñaEncantada