Pilinguiña Non de Dios

6 Febrero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (el desenlace)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 8:51 pm

Una vez en casa los padres simulando una tranquilidad que no sentían, pidieron silencio a los chicos, eran las cinco de la mañana y la abuela, enferma del corazón, dormía plácidamente en la habitación de al lado.

Mientras la madre en el baño limpiaba a la jovencita y le ayudaba a colocarse el  pijama, el padre pretendía cambiar de ropa y asear al chaval que ya estaba en brazos de Morfeo. Los dejaron acostados a cada uno en una habitación y con la puerta abierta, retirándose muy perturbados a su cuarto.

A las seis comenzaros los lamentos. Se levantaron al instante.

La novia se había quitado la parte de abajo del pijama y estaba de rodillas en el cuarto de su hijo con el culo en pompa, un finísimo tanga y vomitando escandalosamente en la papelera del cuarto. El chaval  intentaba con poco éxito hacer lo mismo en el wáter. La abuela paseaba por el pasillo sujetándose el corazón para que no se le saliera del pecho mientras lloriqueaba,

-Ay señor, me va a dar algo, el niño, el niño está borracho y encima ha traído a una mujer a casa.

Fregona en mano, entre los dos no tenían manos suficientes para relajar y acostar  a la abuela, sujetar la frente de los chicos, limpiar el suelo y taparle el culo a la novia.

Esa noche los padres se sintieron muy viejos y cansados.

Después del silencio, cuando comprendieron que todo había terminado, se abrazaron con fuerza. Amanecieron con sus cuerpos entrelazados decididos a que al año siguiente, en la Noche de San Juan, buscarían una playa solitaria en un lugar aislado al que llevarían unos troncos para hacer fuego.

Allí, a la luz de la luna, se besarían al calor de la hoguera.

PilinguiñaQuemada

5 Febrero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (capítulo III)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 9:05 pm

Inmediatamente se separaron para,  a los dos segundos,  como si sus labios estuvieran imantados, continuar con sus pegajosos besos.

-¡Te he hecho una pregunta! ¿habéis bebido? – insistió la madre incapaz de controlarse.

-No, farfulló la criatura – acariciando el pelo de la niña que, con los ojos medio abiertos, los labios algo hinchados, el rímel corrido,  la boca abierta y expresión de amor eterno, apoyaba la cabeza sobre el hombro de su pequeño.

Al mirar a su marido, comprendió que tendría que detenerse a sí misma y sobre todo detenerlo a él. Había descubierto por el rabillo del ojo el exagerado hinchazón de la vena en la sien, como tenía las manos agarrotadas sobre el volante y los ojos inyectados en sangre. Nunca le había visto en ese estado y temía que estuviera a punto del infarto o que se hallase en la posición del tigre a punto de atacar. Le miró a los ojos con firmeza muy seria  negando con el gesto  para que no dijera nada. Ya hablarían al día siguiente.

En cuanto entraron en el garaje y despertaron a la niña, ésta vomitó sobre el asiento, sobre sus escasas vestimentas y sobre el ebrio de su hijo. No tenían nada a mano para limpiar por lo que la escena en el ascensor, además de pestilente, era triste, muy triste. Los dos con los ojos rojos, la mirada perdida, sonrisa bobalicona y llenos de vómito, seguían agarraditos de la mano intentando en vano aparentar que allí no había pasado nada.

-Mamá – dijo atrevido y con sonrisa flácida - farece je está un foco mareada, pero no es nada, es que… Calló al instante al recibir el mensaje en la mirada asesina de su padre.  

1 Febrero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (capítulo II)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 12:31 pm

Ya de vuelta a casa y esperando la llamada de su hijo, al padre se le agitaba el estómago conjeturando como sería su vida con un nieto en casa,  mientras la madre sufría imaginando a los dos, casi niños,  en la playa atacados por unos desalmados que les hacían todo tipo de crueldades.

Cuando sonó el teléfono eran las cuatro de la mañana. Al escuchar su voz sintieron una sensación de tranquilidad muy agradable.

-Mamá ya podéis venir a buscarnos, hace mucho frío.

Encantados, bajaron rápidamente a por el coche. Los treinta silenciosos minutos hasta llegar al pueblo se les hicieron eternos.

Allí estaban las criaturas, en la plaza agarraditos de la mano y ateridos de frío.

Cuando subieron al coche, el hedor a alcohol inundó el habitáculo.

Durante el viaje tuvieron que subir el volumen de la radio y no mirar por el retrovisor para no tener que soportar el baboso ruido de los besos chocando con las salivas de los dos adolescentes, ni ver a su pequeño abrazar apasionado a aquella jovencita mientras le tocaba una teta.

-Hijo – ordenó la madre – ¡qué corra el aire por favor! – ¿no habréis bebido?  preguntó nerviosa arrepintiéndose al instante de haber realizado tan estúpida pregunta.

Blog de WordPress.com.