Pilinguiña Non de Dios

15 Marzo 2009

PILINGUIÑA ALTANERA

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 1:52 pm

Aquel año, poco después de cumplir los nueve años,  en medio del curso escolar,  nos mudamos toda la familia a una nueva ciudad. El ascenso de papá,  había acontecido unos meses antes.

Sobre todo,  notamos la mejoría económica en los bocadillos de la merienda. Pasamos del chorizo y el salchichón,  a unos jugosos bocadillos de filete de ternera empapados en salsa,  que eran la envidia de mis amigas. Como era mala, me relamía la grasilla delante de ellas,  saboreando ruidosamente hasta el último bocado.

Con el cambio de ciudad, tuve  que dejar el colegio al que iba con mis hermanas. Me despedí de mis amigas de la infancia y del bruto de mi novio Nandi,  al que había perdonado que se meara en mi mejor vestido,   y que hubiera arrancado de cuajo las piernas de mi muñeca.

La nueva casa era enorme y tenía un pasillo larguísimo, tan largo que, mientras mamá se esforzaba en poner todo en orden, nosotras en calcetines,  lo recorríamos para deslizarnos patinando los últimos metros. Mamá nunca tuvo un pasillo tan brillante.

Como era mitad de curso,  mis padres encontraron plaza en la escuela pública para todas mis hermanas menos para mí. Tuve que ir sola a un colegio de monjas.

Aprendí muchas cosas en él.

A sentir envidia

Sor Benita quería más a Lupita que a ninguna de nosotras. Lupita era una niña con cara de ángel que  vestía uniforme de modista. Llevaba unas largas coletas rubias que eran las más repeinadas de la clase. Sus zapatos eran nuevos y lucían brillantes.

A sentir vergüenza.

Mi uniforme había sido confeccionado con poco rigor y gran ahorro, por mi madre. Mi pelo estaba cortado a lo chico y mis zapatos, que eran heredados de mi hermana mayor, eran viejos y estaban desgastados.

El desprecio por los demás.

El primer día de colegio descubrí por primera vez en mi vida la famosa “mueca de asco”. Me la enseñó Lupita cuando recogía mi abrigo. Me miró de arriba abajo, torció el gesto haciendo un mohín y poniendo cara de asco. En cuanto llegué a casa repetí el gesto con mis hermanas. Cuando mi madre vio semejante desprecio, me soltó tal bofetada que me quitó la cara de asco de por vida. Tanto que hoy,  veo una cucaracha  y, a pesar del asco que me producen, solo abro los ojos y pongo cara de loca, nunca más de asco.

La humillación.

Aunque Lupita no me trataba bien y a mí me parecía una estúpida, fui a su cumpleaños. Vivía en una preciosa casa unifamiliar y en su habitación había una casa de muñecas. Fue la tarde más aburrida de toda mi infancia.  Solo se podía jugar a lo que ella quería, y ella, solo quería jugar a las mamás, vestir, desvestir y dar de comer a las muñecas. Allí nadie podía jugar a las tabas en el suelo, no querían saltar a la comba, ni  poner las gomas entre dos sillas, no querían correr, gritar o pelearse.  

En un momento de descontrol  (nunca había comido tanto dulce), tiré con fuerza de la coleta de Lupita que ya me tenía hasta las narices. No fue suficiente que llorara desconsolada con su cara de ángel, la muy cobarde, se fue a llorar en los brazos de su madre. Cuando nos despedimos me miró y, de nuevo torciendo  el gesto con su famosa mueca,  me dijo:

-Pilinguiña eres fea y tonta y nunca más te voy a invitar a mi casa.

Lo dijo delante de todos,  incluida su madre. Aunque sentí una gran congoja, increíblemente,  su madre no le partió la cara. Eso me gustó mucho. Quedé abducida por el consentimiento maternal del que ella disfrutaba. Mi madre me hubiera puesto el culo como un tomate.

La lucha de clases.

Ese año comprendí que las niñas del colegio de monjas debíamos considerar a las niñas del colegio público, tontas, feas y agitanadas. Dejé de ir con mis hermanas para relacionarme exclusivamente con las niñas de mi colegio. Bailábamos femeninas y muy cursis al son de la música del comediscos. Cuando jugábamos con las manos, lo hacíamos para cantar canciones, no como con mis hermanas que siempre querían un “calientamanos”. Además, tonteábamos con los guapísimos chicos del colegio de curas, que solo iban con nosotras, las niñas del colegio de monjas.

La corrección moral.

En casa empezaron a cansarse de tanta gilipollez por parte de hija. Con mis hermanas estaba tan altanera que comencé a buscar fórmulas para insultar haciendo daño. A la mayor le decía  “Bel culo de papel, mete manos en la sartén”, a la tercera “pulga pedorra”,  a la cuarta “sorda” y a las pequeñas, simplemente las ignoraba. Finalmente mi padre, viendo mi deterioro moral, decidió que si quería ver a mis amigas del colegio, tendrían que venir a casa a jugar con mis hermanas. Solo vinieron un día. Entre mis hermanas y las amigas de éstas, se llevaron unos cuantos tirones de pelo, algún pellizco y, lo que fue decisivo para sus madres, las bragas sucias de  jugar en el suelo de la calle a las tabas.

PilinguiñaCorregida 

4 Marzo 2009

LA MUDANZA Y EL BIGOTE

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 10:36 pm

Estos días he estado muy liada con la mudanza de casa y con cierto asuntillo vivido la semana pasada.

Reventadita de tanto trabajo, con la escoba en una mano y el trapito en la otra, estuve  sin parar desembalando cajas y cajas.

Habría jurado que había tirado los mil cachivaches que no sirven para nada y las ropas del siglo pasado, sin embargo, tenía mil cosas que colocar,  entre ellas,  la cazadora vaquera de los 70, alguna hombrera de los 80,  mi vestido alucinante de los 90 y unos cuantos móviles de decimonovena generación. Todo ello fui realizándolo con la inestimable ayuda de mi querida hermana la tercera.

Aquella fatídica mañana estaba feliz con mi nueva y luminosa casa y disfrutando toda la semana de vacaciones. Pusimos la música a todo trapo  bailoteando mientras trabajábamos. Todo era alegría hasta que, para mi desgracia, mi querida hermana tuvo una visión mientras limpiaba el espejo del baño y yo me acerqué a admirarme un poquito.

Clavando sus ojos en mis labios me hizo esa pregunta, esa que nunca hubiera querido escuchar de sus labios.

-¿Pilinguiña? ¿Tienes bigote? – cambiando el tono de inmediato a – Pilingiña, ¡Tienes bigote!

-¿Qué dices? ¿En serio? – Ante su cara de apenada sinceridad, repetí atemorizada y con menos fuerza, – es imposible, jamás he tenido bigote… tú lo sabes, nosotras no nos depilamos el bigote… nuestras otras hermanas sí, nuestras amigas sí, las conocidas también, casi todas las tías se lo depilan,  pero ni tu ni yo  hemos tenido bigote jamás. No me gastes esas bromas que me da la taquicardia.

-Pilinguiña, que sí, joder, que tienes bigote, que te ha salido, pero no te preocupes, no pasa nada, se quita en un plis plas y casi no duele – continuó intentando ser conciliadora,  caritativa y creyendo que con ello me ayudaba, solidaria  – verás, el mes pasado mi hija me detectó el mío y mira –dijo ufana metiendo los labios para dentro y acercando su nariz a mi cara – ni un pelito.

No daba crédito, ¿ella también?, pero si éramos el último reducto de la feminidad mundial, dos tías que nunca se habían quitado el bigote, Dios mío si era lo único del cuerpo que no me había depilado nunca. Además si fuera cierto, me lo hubieran dicho, que no iba a ir yo así, con el mostacho puesto y que nadie tuviera la decencia de decirme “Pilinguiña, tienes una pelusilla que casi no se ve, pero que se nota…”, algún decente ser humano me hubiera dicho  la verdad, esa verdad que no quería escuchar, “Pilingiña te salido un mostachillo prepuber!, aquello, aunque era muy doloroso, alguien tendría que habérmelo dicho.

A mí jamás se me hubiera ocurrido mirarme con las gafas para ver si tenía bigote, nunca hubiera creído capaz a mi cuerpo de semejante salvajada, ni se me hubiera pasado por la cabeza.

Seguían surgiendo cajas y cajas del camión de la mudanza que amontonaba un caballero que me tenía el olfato destrozado a causa de esos sudores de trabajos forzados. Pero yo no sentía lástima por él ni por nadie. Solo pensaba en el terrible descubrimiento filial.

Para colmo las puñeteras gafas no aparecían por ningún sitio, desesperada por ver al “infame”, opté por una lupa.

Con la lupa los detecté, eran poquitos y pequeños pero con la suficiente entidad y largura pertinente para que saliera corriendo en busca de una perfumería.

-Por favor, me puede dar cera para el bigote – pregunté valerosa mientras me preguntaba ¿será una pesadilla? ¿Cómo iba a ser yo la que estaba allí, a mi edad, solicitando tan descaradamente un objeto tan detestable?

Rápidamente y antes de continuar trabajando en la mudanza, mi hermana retiró de mi labio superior esas pelusillas que comenzaban a despuntar sobre todo en los laterales. Sé que ella no era consciente de mi sufrimiento ya que muy animada puso bajo la lupa lo retirado con la cera.

Mirando esos pelillos, sentí que había desaparecido para siempre el último vestigio de mi virginidad corporal y que nunca volvería a ser la misma

PilinguiñaDeMudada

23 Junio 2008

MI SEGUNDO DELITO

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 9:59 pm

La botella de aguardiente de guindas había sido un objetivo de mi mejor amiga desde que teníamos 14 años. Su primo mayor le había contado las bondades de la borrachera de aguardiente sobre todo  si te la bebías rápido y te tomabas las guindas.

Esperó a que cumpliéramos los 15 para realizar el latrocinio al mueble bar. Sin ningún temor, cogió la botella entregándomela para que la sacara de su casa. Sentí como mi cuerpo absorbía su mismo coraje y acepté forajida, a guardarla en el abrigo y salir corriendo hasta la puerta del metro, esperando ya sin valor, a que apareciera sana y salva.

Llegó corriendo y riendo contenta. Resolvimos ir a un parque donde,  detrás de unos matorrales, nos bebimos la mitad de la botella. Fue cuando intenté meter la última guinda en mi boca cuando mis piernas dejaron de obedecer las órdenes de mi cerebro. Entre risas tontas y caídas al suelo, decidimos que era hora de que el mundo nos reconociera. Nos sentíamos grandes, guapas, mayores, inteligentísimas y sinceras.

Entramos en la fiesta de los mayores y universitarios  fuertes y decididas a darlo todo en la pista. Sentía como la música inundaba mi corazón disfrutando contenta. Me pasé un buen rato bailando, cuando me cansaba, abrazaba a mi amiga.  

Dos tíos mayores se acercaron. Mientras uno intentaba bailar pegado y de paso tocarle el culo a mi amiga, el otro mucho más hábil, intentaba llevarme a su coche.

-Vámonos de aquí, esto está lleno – dijo bondadoso el listo – el aire en el coche te sentará de maravilla.

-Esfera – farfullé – tengo que haflar jon fiamiga – pensando que me había ligado a un mayor ¡Dios mío, un tío mayor enamorado de mí! Se lo tengo que decir.

-Lo que quieras bonita – dijo con sonrisa de hiena al comprobar que era presa fácil – ven que te llevo, agárrate con fuerza.

Fue al despedirme cuando mi amiga decidió no soltarme la mano. Mientras ella tiraba de mí, el chico intentaba que me soltara. Hubo un momento de tira y afloja entre gruñidos del uno y la obstinación de la otra.

-¡Je me dejís en pas joderrr!-  grité mareada,  sintiendo mi estómago reverdecer.

Mirando embobada a los ojos del ansioso pretendiente, le puse en la solapa,  entre otras cosas de cierto color y olor extraño,  las famosas guindas.

PilinguiñaFacinerosa

18 Junio 2008

CAMBIO RADICAL

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 6:33 pm

Fue a esa edad cuando descubrí que tenía un atractivo interesante para los jóvenes y no tan jóvenes con los que me relacionaba en el instituto y fiestas de coleccionar novios. Seductora decidí, ante la incomprensión absoluta de mi padre, que las remodelaciones físicas de vestuario, peinado y pintado, tan agradables a los ojos varoniles, no podía hacerlas en casa a la luz de la verdad adolescente,  por ello, no me quedaba más remedió que convertir el ascensor en la caja mágica de los cambios radicales que realizaba en cuestión de segundos.

Esa tarde nos habíamos puesto unas minúsculas falditas, íbamos pintadas como puertas y llevábamos los taconazos de la madre de mi amiga. Cargadas con las bolsas del vestuario oficial,  entramos listas para el cambio en nuestro acogedor ascensor.  Al ir tan divinas, teníamos que darnos mucha prisa pues había que realizar varias modificaciones a la vez. Tanto ajetreo, nos llevó al empujón contra el ascensor, al espejo hecho añicos y a una cicatriz de unos 7 cm., en la parte de atrás de mi rodilla.

La sangre y el estropicio nos impidieron recordar nuestra principal misión,  abrir las bolsas,  quitar los tacones,  bajar la falda y decapar la pintura,  en vez de ello,  empezamos a gritar como posesas.

A los gritos y el escándalo acudió raudo,  Rufino, el portero.

El hombre con aire triunfal, llamó de inmediato a mi casa para informar debidamente y ver si mis padres,  por fin, comprenderían los motivos de sus obligadas quejas sobre las revoltosas niñas.

A Rufino no le movía otra cosa que la venganza,  había llegado su momento,  el momento en el que a mi madre no le quedaría otro remedio que claudicar y dejar de defender a toda costa y sin ninguna objetividad a aquellas fierecillas a las que ella llamaba “santas”. -¡Mi hijas, unas santas!- decía – ¡no han sido ellas! – defendía persistente – ¡las tiene usted manía!

Aquella mujer nunca quiso escucharle,  ni creerle,  a pesar de ser el portero y un hombre adulto.  Pero él sabía a ciencia cierta de quién eran los chicles pegados en el suelo,  las manchas de zapatos en las pareces y los saltos incansables a gritos por la escalera.  ¡Ahora tenía pruebas irrefutables!  Esta vez había pillado a una de las “santas”,  con las manos en la masa.  La prueba del ascensor destrozado,  era indiscutible.

Así fue como se encontraron mis padres con el panorama.

Mientras mi madre me curaba la pierna ”en demasiado” silencio, yo escrutaba su rostro en  búsqueda de información de cómo iba ser el castigo y la duración del mismo.

Una vez que me vendaron la pierna y todo se hubo tranquilizado, el portero aprovechó para dar el tiro de gracia.

-Tendré que llamar a un cristalero. ¿Le pasa a usted la factura directamente?

Parecía mentira que el hombre no la conociera,  no solamente negó la evidencia en defensa de su hija,  si no que casi se lo merienda antes de cerrarle la puerta en las narices.

Siempre estaré agradecida al vengador Rufino, sin su obstinado actuar,  el centro de las iras de maternales hubiera sido otro.

PilinguiñaProtegida

15 Junio 2008

LA CAMILLA ARDIENTE

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 2:00 pm

Las mañanas de inverno de los domingos nos dejaban solas alrededor del brasero de la mesa camilla para acudir a misa como ordenaban los Santos Mandamientos. Las cuatro mayores jugábamos con las fichas del parchís, mientras la pequeña dormía en su cuna.

Al escuchar el tac,tac,tac, de los tacones de mamá, y el golpe de la puerta al cerrarse, comenzamos la pelea. La mayor quería contar más de veinte y yo sacar ficha sin el imprescindible cinco de rigor. Entre fuertes patadas, algún tirón de pelo y gritos, escuchamos de nuevo el tac,tac,tac, de mamá.

Notamos el fuerte olor a humo en el cuarto. Debajo de la mesa camilla había una pequeña cuerda de la que colgaban los pañales de las pequeñas. Así se secaban antes. Parece que la patada de alguna de nosotras dos, desencadenó el incendio.

Ese día descubrimos la prodigiosa capacidad de las madres para hacer muchas cosas a la vez.

Mientras con la mano izquierda protegía las faldas de la mesa camilla, con la mano derecha tiraba por la ventana la ropa ardiendo. A la vez, con absoluto control de la  situación y una frialdad marcial, comenzó a dar órdenes tajantes.

-Trae agua, coge el cubo de la cocina, corre –  dijo a la mayor

-Saca a la niña de la cuna, llévatela, Pilinguiña, corre, salid de aquí ahora mismo.

-Vengan a por mis hijas – ordenó a los viandantes que veían estupefactos como salían de aquella ventana pañales voladores  en llamas.

Para cuando entraron en casa, mamá había terminado con el incendio y con sus manos llenas de ampollas.

Ese día también aprendimos las bondades y conveniencia de la solidaridad entre hermanas. Aunque papá preguntó varias veces qué había pasado y quién había sido, por primera vez tuvo que darse por vencido. Nos mantuvimos firmes en nuestro pactado silencio y en el recién descubierto estado de trance “Fuenteovejuna”, nadie ha sido, todas a una, y no hay castigo para ninguna.

PilinguiñaSalvada

7 Junio 2008

EL INSTINTO DE SUPERVIVENCIA

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 10:53 pm

El día de mi séptimo cumpleaños me regalaron una pulsera de diamantes, brillantes y zafiros que, además, era comestible. Solo quedó la cuerda relamida a la que iban unidas las maravillosas joyas, el último vestigio del regalo más lujoso y sabroso que había recibido en toda mi vida. Me daban pena mis hermanas que se empeñaban en que no eran joyas, si no caramelos, a pesar de que lo había dicho mamá.

-No les hagas caso- me dijo convincente – y reparte con las niñas.

Ese cumpleaños me sentí la única estrella de la casa. Mis padres y mis hermanas parecían haber entendido que ellas tenían que portarse bien, y que ellos no podían estropearme el día con otro nacimiento o bautizo familiar.

Tantos caprichos y tanto protagonismo, me envalentonaron anulando completamente mi instinto de supervivencia.

En cuanto el coche de mi padre paró para girar la calle, no pude contenerme, aprovechando el momento  para subirme a al guardabarros de la parte trasera. Papá despistado arrancó de nuevo, y yo comencé a disfrutar de aquella sublime acrobacia sintiendo el viento sobre mi rostro y una maravillosa sensación de libertad.

Pocos metros más tarde, cuando más estaba disfrutando, escuché el alarido de mi madre gritando mi nombre. Me dio tal susto, que resbalé dejando un pié metido en el guardabarros. Mi padre continuó la marcha sin enterarse de nada. Recorrí unos metros colgada del pie, dejándome la piel de las manos en el asfalto. El trompazo al caer, casi me cuesta la vida.

Una vez me incorporé, supe que tenía que llorar anhelando el consuelo de mi madre. Suplicante miré hacia el lugar de donde había salido el grito, la ventana de mi casa. Ante su expresión irracional,  recuperé al instante mi instinto de supervivencia.

Llena de sangre en manos y rodillas, mi asustado cerebro comenzó a buscar una justificación que explicara mi chifladura, y que ésta, fuera lo suficientemente convincente para que mi madre dejara en paz la zapatilla. Ofrecí a la ventana mi mejor puchero y mi más tierna mirada, pero ella ya no estaba allí. Unos segundos más tarde, mi madre cruzaba la calle como un Miura con los brazos extendidos hacia mí. Cuando llegó, me abrazó con tal fuerza que,  aunque casi me ahoga, me sentí aliviada.

Mirándome, una vez comprobó que no tenía nada roto, me pegó una sonora bofetada seguida de preguntas a las que no sabía cómo responder -¿cómo se te ocurre subirte al coche?- para continuar con el -!hija, casi te matas!- terminando con – !no se te vuelva a ocurrir hacer una cosa así!

No sabiendo cómo reaccionar ante tamaña confusión maternal, decidí dejar de llorar y perdonarla cristianamente no fuera a igualarme la otra mejilla.

PilinguiñaDesconcertada

4 Junio 2008

EL MUNDO, EL DEMONIO Y LA CARNE

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 7:15 pm

El año en que murió la abuela, mi padre decidió enseñar el mundo a su querida e inocente hermana, la tía Isabelita. La mujer había vivido su primera juventud vistiendo santos para, inmediatamente después, dedicarse al cuidado de su eterna madre que murió a la tierna edad de 100 años.

Su vida había transcurrido tranquila y placentera entre el convento, la clausura maternal,  sus bordados y el desarrollo de un fino olfato,  capaz de detectar a varios metros  a las sobrinas fumadoras que,  por “cochinas”, éramos duramente castigadas. Primero te olía, si dabas positivo, con gran entusiasmo y previo gesto de advertencia, te enseñaba la perfecta colocación de sus nudillos arreándote su famosa colleja antivicio. Todas  aguantábamos el dolor sin rechistar, a ninguna se le hubiera ocurrido discutir la enorme competencia olfativa de mi tía. 

Mi padre, preocupado por su soltería, la soledad y el desamparo en el que había quedado la pobre Isabelita, pensó en buscarle un buen novio por ver si la casaba y de esta forma  evitar que el diablo la tentara,  dañando el honor de la familia. 

Mi tía nunca salió de casa salvo para ir a la misa diaria con la abuela. No conocía la playa, la piscina, el río,  ni varón alguno.  

Todas recordaremos para siempre aquella tarde en la que fuimos a la playa, cargados con la nevera, la sombrilla, las toallas y la tía Isabelita.  

Hubo que animarla para que se pusiera el bañador. Muy nerviosa, tapada por el vestidor, comenzó a desvestirse, entregando a mi madre con mucha delicadeza sus ropajes monjiles.  

Cuando quisimos darnos cuenta, era demasiado tarde. 

Los pelos de sus axilas,  piernas y entrepierna eran libres, sin complejos y emancipados. Si no hubiera sido por el bañador negro de anchas tiras y tiro largo estilo faja, hubiera pasado por francesa desmelenada, pero su pelo corto con laca, la blancura inmensa de su piel y aquellos pelos negros que la adornaban, delataban claramente que era hija  de la castilla profunda. 

Disfrutaba entrando y saliendo del agua emitiendo grititos de satisfacción. Mientras ella evitaba las olas, nosotras evitábamos mirarla.

PilinguiñaMala

 

 

25 Mayo 2008

PILINGUIÑA BOCAZAS

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 2:47 pm

Era el verano de mis 13 años, aquel en el que el adolescente musculado prefirió a otra, a la guarra de la pandilla, aquel en el que descubrí que no era la niña más guapa del mundo, el de mi primera regla, mis primeros cigarritos, mi primer gran amor y mi primer encotronazo con una adulta que, además, era madre coraje.

 

Sentadas en la piscina, observábamos curiosas los tres trampolines desde los que se tiraban, haciéndose los “chulitos”,  los jovencitos de los apartamentos, seleccionando a los que podían ser, o no, nuestros potenciales amigos o futuros novios. Los feos eran descartados inmediatamente. No íbamos a veranear rodeadas de adefesios.

 

Apodamos Nerón al jovencito que,  al salir del agua,  se envolvía en su toalla tapando un solo hombro. Éste,  podía ser amigo, pero sin posibilidad alguna de llegar al noviazgo debido a unas incipientes lorzas que asomaban a cada lado de sus caderas.

Al del trampolín de la izquierda, le llamamos el Ojazos Pintados por Velázquez, por guapísimo y porque éramos unas cursis y unas redichas.

Al del trampolín de en medio, el más alto, le apodamos el Mariquita. Llevaba pulseras, un bañador ínfimo y nos parecía que movía excesivamente las caderas antes de dar el salto del ángel, el angelito.

–Mira, mira el mariquita- comentábamos entre risas – ese, ese el de la pulserita en la muñeca- continuamos señalando con el dedo – mira como mueve el culo.

 

Una mano golpeó brúscamente mi hombro. Giré para ver quién de las tontas de las niñas se estaba buscando un cachete, encontrándome con la mirada furiosa de la señora que estaba sentada a mi lado. Dejamos de reir al instante.

-El maricón lo será tu padre,- dijo entre dientes con voz de loba asesina – es mi hijo y es muy hombre, te lo puedo demostrar en cualquier momento, solo tienes que entrar con él en una habitación,!imbécil!

Acojonada y bastante impresionada ante las palabras de la adulta, solo atiné a decir.

-Perdone, es que a mí me lo parecía.

Inmediatamente me arrepentí de mi estúpido comentario. Temerosa de la osti que me iba a meter la enloquecida madre, salí corriendo sin dirección, perseguida por las cobardes de mis hermanas.

Estuvimos por lo menos media hora corriendo sin rumbo. Después de deliberar e intentar restar importancia a lo ocurrido, volvimos más tranquilas, pensando más en la comida, que en la madre del muchacho.

A lo lejos, como un puntito en la terraza, estaba mamá. Con medio cuerpo fuera gesticulaba con la mano lo que intuíamos increpaba:

– Subir, subir, que vais a saber lo que es bueno.

Asustadas, y convencidas de que la adulta madre coraje había encontrado nuestra dirección y en ese momento estaba parlamentando con nuestros padres, entramos en casa.

Papá estaba sentado a la mesa mientras mamá, sirviendo los platos,  nos echaba la bronca por llegar tarde. Todo era normal, sonreimos relajadas.

Habíamos aprendido la lección: Nunca critiques sin mirar a tu alrededor.

 

Pilinguiña Lenguaraz

20 Abril 2008

BENDITA ENFERMEDAD

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 3:56 pm

Curiosamente mi hermana pequeña seguía despeinada, con la cara sin lavar y en pijama, mientras las demás,  ya hacía un buen rato que nos hallábamos, desayunadas, lavadas, vestidas y repeinadas.
Parecía que la niña se había librado de la cuchara rozando la barbilla, el rápido y doloroso repeinado de trenzas, la fría mano de mamá en el cogote empujando la cabeza dentro del  lavabo,  mientras te lavaba la cara y – el corre que llegáis tarde – además del -ojito con vuestras hermanas pequeñas.

Ese día salimos tristes de casa. Antes de cruzar la esquina echamos la mirada atrás para cerciorarnos de que mi hermana pequeña no vendría con nosotras. La última vez que la vimos, agarraba con fuerza la pierna de mamá. Abatidas,  pasamos del calor del hogar, a la cruel vida de las estudiantes de parvulitos.

Me hubiera gustado preguntarle a mamá porqué se quedaba la niña en casa. No me atreví. Nadie osaba a poner en duda las decisiones que tomaba, ni  pedirle explicaciones a sus decretos. Mi madre era poseedora de una extraña virtud que consistía en  reflejar en su rostro una zapatilla voladora que era capaz de lanzar, a una velocidad, que ni los olímpicos.

Cuando llegamos del cole, papá había colocado la cama mueble en el salón para que la  pequeña pudiera ver la tele, que acostada, se comía una enorme naranja.

La niña nos observaba con esa mirada traviesa y aviesa de los perdonavidas. 

La mayor, al primer despiste maternal y haciendo justicia, le dio un doloroso pellizco. Las demás reíamos, ¡se lo tenía bien merecido, por chulita!

A los gritos de la niña,  vinieron los de mi madre. De inmediato,  todo el mundo se puso firmes.

Aparentemente éramos unas niñas modositas e imbuidas en nuestros deberes, sentadas sin movernos alrededor de la mesa camilla,  pero la realidad era otra. Por el rabillo del ojo,  no le quitábamos la vista a la pequeña. En cuanto mamá se levantaba para hacer algo, la mirábamos desafiantes, sin poder evitar sentir envidia de la privilegiada situación por la que atravesaba nuestra hermana.

¿Qué podíamos hacer para encontrar la forma de vivir con ella semejante experiencia hogareña? Era la pregunta que bullía en nuestros cerebros.

Sin poder aguantar más, pregunté:
-¿Mamá que le pasa a la niña, porqué no ha ido al cole?
-Tiene rubeola y es muy contagioso, ni se os ocurra tocarla,  ni a ella ni su comida.  
 

Nos miramos inquietas. Teníamos que hablar. Eso significaba una reunión “hermandil” inmediata. Terminamos rápidamente los deberes y salimos a jugar.

Apartadas del férreo control de mamá,  las ideas y palabras fluían a borbotones. 

Esperamos a que mamá, como todos los días, saliera a lavar a la terraza. En cuanto la vimos restregando el primer pañal, entramos atropelladas en el salón.
La primera fui yo, que mirando amenazadora a la niña, le ordené:
- Saca la lengua todo lo que puedas que te la voy a chupar.
La pequeña,  sin rechistar, sacó la lengua estirada y yo saqué la mía. Las rozamos un buen rato, había que asegurarse el objetivo.
Las otras 4,  hicieron lo mismo.

Solo teníamos que esperar los resultados médicos. 

Fue maravilloso, todas enfermas en casa, en pijama, sin trenzas, sin cole y con mamá dándonos mimos. 

 

PilinguiñaContagiada

6 Abril 2008

MI PRIMERA PELUQUERA

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 7:50 pm

Todas las mañanas nos despertaba con un tazón de leche con pan migado.  

Me incomodaba la cuchara rozando mi barbilla mientras mamá, para tenernos controladas, nos daba una a una, el desayuno en la cama. 

A su grito de “arriba”, nos levantábamos todas a la vez. Entre risas y lloros,  nos poníamos en fila frente a la puerta del baño.  

Peinaba nuestro pelo, dos trenzas a cada una,  con prisas y sin miramientos.  

Una vez listas, nos mandaba al colegio. 

Ese día,  mamá no parecía la misma. Dijo dos veces muy enfadada, lo de Herodes

-¡Ojalá viniera y os llevara a todas!-  

Y más circunspecta que nunca,  lo del pelo.

-¡Cualquier día, os lo corto al cero!- 

Cuando volvimos del colegio, en vez de ponernos la merienda,  nos puso de nuevo en fila delante del baño. Esta vez, nos extrañó mucho que cerrara la puerta con la mayor dentro, que gritaba y lloraba suplicando:

-Nooooo, mamá, noooooooooo.Nooooooooooohhhhh. Ayyyy, ayyy… 

Parecía que la estaban matando, ¡qué exagerada! 

Después el silencio… 

Cuando salió del baño, colorada, llorosa y rapada totalmente, sin sus bonitas trenzas, sufrimos una angustia indescriptible.  

¡Mamá, había cumplido su amenaza!.  

Nos preguntábamos, mirándonos unas a otras,  ¿qué acción tan horripilante habíamos cometido para recibir semejante castigo?. 

-Pilinguiña,- ordenó mamá.- Pasa.

¿Me tocaba a mí? Acongojada, puse a mi tercera hermana delante, empujándola para que entrara ella primero.

Mi madre, que ese día no estaba para bromas,  me enganchó por un brazo, me metió en el baño y cerró la puerta. 

Yo, que tenía una bonita melena, no creía ser merecedora de ese crimen por parte de madre. 

Ni se lo pensó. No hubo opción. Primero cortó una trenza y después la otra.  

Continuó, con las manos y tijera en ristre, regodeándose en mi pequeña cabeza. 

Aquella noche, dormimos pelonas y aterrorizadas ante la inminente visita de Herodes.

 

PilinguiñaRepeiná.

 

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