Pilinguiña

18 mayo 2008

EL DESEO DE DESEAR

Filed under: Historias — Pilinguiña @ 6:45 pm

Recién cumplidos los dieciocho años, había dejado de estudiar. El disgusto de sus padres y los argumentos de éstos para convencerla de lo que consideraban el mayor error de su vida, no sirvieron de nada, todo lo contrario, el discurso sobre la sensatez, sobre la dedicación de su juventud a labrarse un futuro, sobre como sembrar para recoger, la convencieron más, si cabe, de que esa no era la vida que deseaba. No podía evitar sentir un deseo incontrolable de vivir cada minuto con el ímpetu y la fuerza de su juventud. Era consciente de que la vida solo se vivía una vez y que esos años, los mejores de su vida, pasarían rápidamente. Iba a disfrutar de cada minuto hasta que, el paso del tiempo que reconocía inevitable, borrara de su memoria el deseo de desear.

Trabajó tres meses hasta conseguir el dinero suficiente para su viaje a Málaga.

Sus padres, desesperados, cansados de discutir y con la esperanza de que recapacitase decidieron darle un tiempo, cediendo a su petición. Esa tarde, tristes y muy angustiados, la dejaron sola en el aeropuerto de Barajas. Apenados contemplaron como se alejaba con su mochila y aquella alegría exultante que les dolía en el alma.

Su destino era un concierto. Por primera en su vida se sentía independiente, por fin era libre, viajaría sola y disfrutaría de una gran aventura.

Llegó temprano al aeropuerto disfrutando del paseo en dirección al concierto. Una vez en el estadio, buscó un lugar al sol.

Divertida, simulaba no darse cuenta de cómo atraía todas las miradas. Era guapa, alta, delgada, tenía un precioso pelo largo. Caminaba suavemente, mientras parecía bailar al son de una música que solo escuchaba ella. Vestía una ceñida camiseta blanca sin mangas que dejaba al descubierto uno de sus hombros, un peto vaquero suelto y zapatillas blancas. Había elegido con detenimiento el atuendo para su viaje hasta conseguir el aspecto deseado.

Se pasó todo el concierto bailando y disfrutando mientras bebía y fumaba todo lo que le ofrecían los muchachos que intentaban en vano ligar con ella.

La miraba de lejos, no solamente era preciosa, además tenía ese aire de inocente seguridad que, a sus ojos, la hacían extremadamente atractiva. Ella parecía no ser consciente de que todos la deseaban. Estuvo durante todo el concierto observándola desde el palco. No paraba de bailar mientras bebía y fumaba lo que le ofrecían unos chicos que no la dejaban ni a sol ni a sombra.

Dejó la tranquilidad del palco y a sus amigos. Bajó deprisa los escalones que le llevaban al lugar donde bailaba la muchacha del peto. Tenía que conocerla, escuchar su voz. Cerró los ojos imaginando cómo sería abrazarla.

Cuando terminó el concierto, observó como la joven se levantó resuelta alejándose sola, sin despedirse de nadie. Uno de los chicos, que había estado a su lado, corrió tras ella intentando que se quedara un poco más. Con una sonrisa denegó la invitación y sin decir nada se dio media vuelta continuando su camino.

La siguió cauteloso hasta la playa. Vio como sacaba un saco de dormir de la mochila y se introducía en él. Confiada, dejó a un lado sus pertenencias. Había bebido por lo que en segundos, dejó de moverse. Él se acercó muy despacio. En cuanto comprobó que dormía profundamente, se acostó a su lado. En silencio, durante horas, estuvo pendiente y pensando en ella. En algún momento, se acercó tanto, que llegó a aspirar su aliento. Tuvo que contenerse para no besarla. Así, a su lado, permaneció en silencio hasta el amanecer.

Había comprobado que, seguramente por su edad, era excesivamente confiada. En cuanto amaneció para que no le viera, se sentó disimulando en la valla del paseo marítimo. Allí, intentó tranquilizarse y convencerse a sí mismo de que estaba actuando de una forma extraña, persiguiendo sin identificarse a una jovencita que no había visto en su vida. Hizo un esfuerzo por levantarse, marcharse, y olvidar para siempre a la muchacha del peto.

Despeinada y con cara de sueño salió de su saco. Llevaba puesta la camiseta del concierto y unas pequeñas bragas blancas. Lo había pasado estupendamente aunque quizá bebió y fumó en exceso. Había sido una buena experiencia. Volvería a casa en autostop y allí, pensaría cómo conseguir su sueño de recorrer el mundo.

La imagen de sus largas piernas desnudas y maravillosamente formadas, trastocaron sus planes de marcharse a su casa y olvidarla.

Contuvo su deseo de acercarse, de hablar con ella, de conocer su nombre y contemplar la expresión de su rostro al escuchar el suyo. Temía desde el momento en que la vio que, en cuanto se conocieran, desapareciera aquella emoción que recorría su cuerpo y su alma. No podía arriesgarse a que se desvaneciera el deseo.

Ella abrió su mochila, sacó el peto vaquero y se vistió en un santiamén.

Se dirigió a un bar cercano entrando directamente al baño. Cuando salió, de nuevo su aspecto era reluciente. Mientras caminaba, su pelo brillando al sol se movía en armonía con sus andares. No podía dejar de mirarla y sonreír.

Cuando llegó a la carretera general se detuvo, bajando su mochila y apoyándola sobre sus piernas, comenzó hacer autostop.

Corrió como pudo hacia su casa. Tenía que coger el coche y salir en busca de la joven. Tardaría unos minutos, seguramente el tiempo suficiente para perder a la muchacha del peto. Angustiado arrancó saliendo a toda velocidad. Rezaba para que no hubiera subido a un coche. Desde lejos, acercándose al lugar donde la había visto por última vez, comprobó con verdadero dolor, que no estaba.

Nada más poner el dedo, había parado un señor de unos cuarenta años, muy amable. Cansada, echó la mochila a la parte de atrás y se sentó tranquila.

—Ponte el cinturón, bonita. —dijo el hombre.

Cuando ella agarró el cinturón, sintió la mano de él sobre la suya. Inmediatamente retiró la mano. El tipo, despacio, comenzó a bajar la cinta rozando descaradamente su pecho.

Asqueada, con miedo y consciente de que ambos se habían equivocado, le pidió que parara el coche. Lamentaba que su navaja estuviera en la mochila. El hombre frenó en seco, miró con desprecio a la joven mientras salía del coche y recogía su mochila. Cuando cerró la puerta le gritó:

—Puta.

En cuanto el tipo se marchó, sacó de la mochila la navaja y se la metió en el bolsillo frontal del peto. Solo había sido un contratiempo. Un minuto más tarde ya estaba en otro coche camino de su casa.

La habían recogido cuatro chicos que habían acudido al concierto. Al principio se sintió segura, pero poco a poco comenzó a intranquilizarse. El mayor de ellos, le había pasado el brazo por el hombro apretándola contra él.

Intentó dejar claro, poniéndose seria pero sin aspavientos, que no estaba interesada, que su único objetivo era tener un viaje tranquilo y agradable. Cuando le puso la mano en la pierna, se la retiró molesta. Él volvió a ponerla. Le miró amenazadora a los ojos, comprendiendo al instante, que el chico estaba bebido y que sus amigos empezaban a descontrolarse. Despacio, sacó la navaja y con un movimiento rápido se la colocó al joven en el cuello.

—Para el coche o se la clavo. —ordenó al conductor.

Tiraron su mochila arrancando a toda velocidad, no sin que antes, el muchacho que había intentado tocarla, gritara.

— Puta.

Estuvo a punto de gastar su última moneda en una llamada a sus padres para que fueran a buscarla. Empezaba a lamentar haber viajado en avión en vez del autobús. Hubiera tenido suficiente para la ida y la vuelta. Su padre le había avisado.

Se sentó sobre un bordillo mientras contemplaba pasar los vehículos intentando recuperarse del susto y armarse de valor para volver a intentarlo.

Un coche paró a su lado. Dentro estaba un simpático anciano que bajando la ventanilla le preguntó sonriente:

— ¿Quieres que te lleve?.

Le devolvió la sonrisa agradecida y subió al coche. Estuvieron en silencio durante el viaje. El anciano parecía no querer conversación y ella, después del susto vivido, se hallaba cansada.

Acercándose a Córdoba, el abuelo le preguntó:

— ¿Estás cansada niña?.

— Sí, muy cansada. —contestó.

En anciano intentó ocultar la agitación que le había producido escuchar la dulce y apacible voz de la muchacha. Era tal como la había soñado aquella noche en la playa.

Ella se quedó dormida enseguida.

Pasada una hora, el abuelo paró el coche. Escuchó su respiración acompasada y sin poder evitarlo, acercó su rostro al de ella. Le dolía el pecho solo de pensar  que desaparecería de su vida. Se hubiera quedado allí,  contemplándola para siempre.

No pudo evitar besarla. Ella, al sentir sus húmedos labios, se despertó sobresaltada. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Asustada, buscó la navaja llorando suplicante para que no la tocara.

Él sonreía mientras apretaba con fuerza la mano de la joven, llevándola a su pecho. Supo que su corazón se había parado para siempre. Antes de expirar le dijo:

– Niña, te amo.

PilinguiñaAventurera

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10 comentarios »

  1. que historia mas bella y mas bien contada. Es un regalo leerte. Gracias y un beso. “Medusiña”

    Comentario por tiachea — 18 mayo 2008 @ 9:25 pm | Responder

  2. si es que somos todos iguales los tíos, a fin de cuentas

    amor

    Comentario por amor — 18 mayo 2008 @ 9:42 pm | Responder

  3. Magnífico relato. Me ha encantado. Totalmente de acuerdo con tiachea, siempre es un placer leer tus textos. Gracias por compartirlos con nosotros.
    Saludos

    Comentario por Ernesto — 19 mayo 2008 @ 4:50 pm | Responder

  4. Muchas gracias, con lectores tan cariñosos da gusto.

    Comentario por Pilinguiña — 19 mayo 2008 @ 8:13 pm | Responder

  5. Quería agradecerte las visitas en tu blog, y me encuentro con esto…

    Realmente está currada la historia y muy bien escrita. Preciosa.

    Enhorabuena por tu blog 😉

    Comentario por Cryven — 24 mayo 2008 @ 7:19 pm | Responder

  6. Pues muchas gracias por tu visita y tu comentario. Nos seguimos leyendo.

    Comentario por Pilinguiña — 24 mayo 2008 @ 9:06 pm | Responder

  7. con la lagrimilla todavía puesta os felicito. no se si me gustan más las historias irónicas, tiernas y divertidas o los relatos imaginativos e históricos. Digo históricos porque, yo creo que algo de lo relatado pudo ser verdad. Todas las que hemos hecho autoestop en nuestra juventud hemos vivido escenas como las que describes de abusos e insultos. Pero, en tu optimismo vital, redimes al género humano y no se si por tu falta de feminismo radical, al “hombre”, aunque convertido en viejo inocente y enamorado.
    cuidate

    Comentario por irma4 — 25 mayo 2008 @ 11:46 am | Responder

  8. Bienvenida por fin, Irmá 4. Solo me faltan 3.

    Comentario por Pilinguiña — 25 mayo 2008 @ 2:51 pm | Responder

  9. Como me ha gustado tanto, le he dao un meneo… espero que no te importe y recibas muchas visitas ^^

    Y perdona por el mal entendido, el tema de Menéame es para informar sobre artículos interesantes ajenos (el autobombo no está bien visto)…

    Saludos, disculpas y enhorabuena una vez más 🙂

    Comentario por Cryven — 26 mayo 2008 @ 7:53 pm | Responder

  10. No te tienes que disculpar de nada.
    De momento no entiendo mucho de qué va el meneo pero poco a poco me iré informando.
    Gracias por tus palabras:)

    Comentario por Pilinguiña — 27 mayo 2008 @ 9:34 pm | Responder


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