Pilinguiña

15 marzo 2009

PILINGUIÑA ALTANERA

Filed under: Cuentos — Pilinguiña @ 1:52 pm

Aquel año, poco después de cumplir los nueve años y  en medio del curso escolar,  nos mudamos toda la familia a una nueva ciudad. El ascenso de papá había acontecido unos meses antes.

Sobre todo  notamos la mejoría económica en los bocadillos de la merienda. Pasamos del chorizo y el salchichón,  a unos jugosos bocadillos de filete de ternera empapados en salsa que eran la envidia de mis amigas. Como era mala, me relamía la grasilla delante de ellas  saboreando ruidosamente hasta el último bocado.

Con el cambio de ciudad tuve  que dejar el colegio al que iba con mis hermanas. Me despedí de mis amigas de la infancia y del bruto de mi novio Nandi al que había perdonado que se meara en mi mejor vestido  y que hubiera arrancado de cuajo las piernas de mi muñeca.

La nueva casa era enorme y tenía un pasillo larguísimo, tan largo que, mientras mamá se esforzaba en poner todo en orden, nosotras en calcetines  lo recorríamos para deslizarnos patinando los últimos metros. Mamá nunca tuvo un pasillo tan brillante.

Como era mitad de curso,  mis padres encontraron plaza en la escuela pública para todas mis hermanas menos para mí. Tuve que ir sola a un colegio de monjas.

Aprendí muchas cosas en él.

A sentir envidia

Sor Benita quería más a Lupita que a ninguna de nosotras. Lupita era una niña con cara de ángel que  vestía uniforme de modista,  sus largas coletas rubias que eran las más repeinadas de la clase, sus zapatos eran nuevos y lucían brillantes.

A sentir vergüenza.

Mi uniforme había sido confeccionado con poco rigor y gran ahorro por mi madre, mi pelo estaba cortado a lo chico y mis zapatos, que eran heredados de mi hermana mayor, eran viejos y estaban desgastados.

El desprecio por los demás.

El primer día de colegio descubrí por primera vez en mi vida la famosa “mueca de asco”. Me la enseñó Lupita cuando recogía mi abrigo. Me miró de arriba abajo, torció el gesto haciendo un mohín poniendo cara de asco. En cuanto llegué a casa repetí el gesto con mis hermanas. Cuando mi madre vio semejante desprecio, me soltó tal bofetada que me quitó la cara de asco de por vida. Tanto que hoy,  cuando veo una cucaracha, a pesar del asco que me producen, solo abro los ojos y pongo cara de loca, nunca más de asco.

La humillación.

Aunque Lupita no me trataba bien y a mí me parecía una estúpida, fui a su cumpleaños. Vivía en una preciosa casa unifamiliar y en su habitación había una gran casa de muñecas. Fue la tarde más aburrida de toda mi infancia.  Solo se podía jugar a lo que ella quería, y ella solo quería jugar a las mamás, vestir, desvestir y dar de comer a las muñecas. Allí nadie podía jugar a las tabas en el suelo, no querían saltar a la comba, ni  poner las gomas entre dos sillas, no querían correr, gritar o pelearse.  

En un momento de descontrol, (nunca había comido tanto dulce), tiré con fuerza de la coleta de Lupita que ya me tenía hasta las narices. No fue suficiente que llorara desconsolada con su cara de ángel, la muy cobarde se fue a llorar en los brazos de su madre. Cuando nos despedimos me miró y, de nuevo torciendo  el gesto con su famosa mueca,  me dijo:

-Pilinguiña eres fea y tonta y nunca más te voy a invitar a mi casa.

Lo dijo delante de todos,  incluida su madre. Aunque sentí una gran congoja, increíblemente,  su madre no le partió la cara. Eso me gustó mucho. Quedé abducida por el consentimiento maternal del que ella disfrutaba. Mi madre me hubiera puesto el culo como un tomate.

La lucha de clases.

Ese año comprendí que las niñas del colegio de monjas debíamos considerar a las niñas del colegio público, tontas, feas y agitanadas. Dejé de ir con mis hermanas para relacionarme exclusivamente con las niñas de mi colegio. Bailábamos femeninas y muy cursis al son de la música del tocadiscos. Cuando jugábamos con las manos, lo hacíamos para cantar canciones, no como con mis hermanas que siempre querían un “calientamanos”. Además, tonteábamos con los guapísimos chicos del colegio de curas que solo iban con nosotras, las niñas del colegio de monjas.

La corrección moral.

En casa empezaron a cansarse de tanta gilipollez por parte de hija. Con mis hermanas estaba tan altanera que comencé a buscar fórmulas para insultar haciendo daño. A la mayor le decía  “Bel culo de papel, mete manos en la sartén”, a la tercera “pulga pedorra”,  a la cuarta “sorda” y a las pequeñas, simplemente las ignoraba. Finalmente mi padre, viendo mi deterioro moral, decidió que si quería ver a mis amigas del colegio tendrían que venir a casa a jugar con mis hermanas. Solo vinieron un día. Entre mis hermanas y las amigas de éstas, se llevaron unos cuantos tirones de pelo, algún pellizco y, lo que fue decisivo para sus madres, las bragas sucias de  jugar en el suelo de la calle a las tabas.

PilinguiñaCorregida 

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15 comentarios »

  1. Una delicia de texto, como todos los tuyos.

    Abrazos

    Comentario por Luis Irles — 15 marzo 2009 @ 4:14 pm | Responder

  2. Te felicito querida ahijada, has hecho un buen relato.
    Lo que mas me ha gustado ha sido lo del pasillo reluciente. jajaja
    Un abrazo de tu madrina

    Comentario por Paquita cervera — 15 marzo 2009 @ 7:19 pm | Responder

  3. Luis, gracias por tu generosidad.

    Madrina, cuando nos cansábamos de patinar con los calcetines, cogíamos una colcha vieja, nos la poníamos de capa agarrándola con ambas manos como si voláramos. Cuando llegábamos a la mitad del pasillo, la metíamos debajo del culo y patinábamos sentadas. Era una gozada. Un besito.

    Comentario por Pilinguiña — 15 marzo 2009 @ 7:36 pm | Responder

  4. …pilinguiñacorregida…

    🙂

    Comentario por kaos — 16 marzo 2009 @ 3:32 pm | Responder

  5. Hermosos recuerdos. Nunca he soportado los colegios de monjas. Leyéndote me parecía que volvía a rememorar las idioteces de mis primas, sobre todo de una de ellas, que iban a colegio de monjas. Clavaditas las has puesto. Fíjate que yo no iba a una escuela pública, sino a un colegio de chicas sin monjas, pero eso ya era bastante. Yo pertenecía a otra clase. Un horror, la verdad. Agradezco a mi padre que se negara rotundamente a que mis hermanas y yo fuéramos con monjas, porque decia que las monjas hacían a las niñas pazguatas. Qué lucidez tenía el hombre.

    Comentario por Fuensanta — 16 marzo 2009 @ 6:16 pm | Responder

  6. Por cierto, yo también he abrillantado un pasillo con las bragas, y que eran de ganchillo, que me las hacía mi abuela, con lazos por los lados, tan monas, pero que se ponían como el hollín de jugar a las tabas, a patinar con el culo y todas esas monerías que tú también has hecho. Quizás eso nos hace más enterizas, y no unas mojigatas.

    Comentario por Fuensanta — 16 marzo 2009 @ 6:18 pm | Responder

  7. Buenas noche pilinguiña la verdad es que me ha encantado el relato de hoy, sobre todo porque realmente creo que es muy real, y ahy se demuestra que los niños siempre son malos y traidores, con sus compañeros, la verdad es que me estoy imaginando la situacion que tuvistes que vivir con Lupita.

    La verdad es que cuando he empezado a leer el relato no me caia tan mal como cuando ha terminado creo que solo le distes lo que se merecia, maldita lupita, la verdad es que deverdad que creo que todo esto es algo que es muy pero que muy especial y que nos hace vivir esto de un monton de formas, la verdad es que en cada relato tuyo me descubro a mi tambien.

    Comentario por beguito — 16 marzo 2009 @ 9:40 pm | Responder

  8. Jajajajajaja… buenísimo Pilinguiña!

    Yo fui a un colegio de monjas 9 años y teníamos alguna Lupita en clase, cómo no. Hay tres tipos de alumnas: las Favoritas…que suelen ser rubias y pijas, las Invisibles, inmensa mayoría, y las que les Caen Mal a las monjas, que suelen tener demasiada imaginación, pobres o ambas cosas. Que conste que debo agradecer a las monjas (concretamente a todas excepto a una que era muy buena gente) que fueran un estimulante caldo de cultivo para mi terquedad y espíritu independiente.

    Hay pocos placeres en la vida que se puedan igualar a poner a una monja en su sitio. Yo tuve el placer de hacerlo para pública humillación de la abusona y pegona “La Molina”, y fue realmente maravilloso, equivalente a un puñado de almohadones, una caja de bombones Leonidas y todos los capítulos de Battlestar Galactica. Y de la “bola extra” de que hasta las de BUP y COU te respetaran por ello ni hablemos! Eso sí, desde entonces alergia les tengo a las monjas.

    PD: ¿Tenemos un gen de abrillantar pasillos o qué? Yo lo hacía en los del colegio, enormes y pulidos, podías deslizarte muchos metros.
    PPD: Demos gracias al colegio de monjas de Pilinguiña! En parte, aunque sea como revulsivo, ha colaborado a que podamos disfrutar de ella tal y como es hoy!

    Comentario por Noir — 18 marzo 2009 @ 10:55 pm | Responder

  9. 🙂
    He sonreído desde la primera línea.

    Comentario por Tesa — 19 marzo 2009 @ 6:51 pm | Responder

  10. Sí, parece que hay un gen. 🙂 La mejor línea del relato: “como era mala…” me hizo reír a carcajadas… no sé si es porque no puedo imaginarte “mala” o no puedo imaginar que alguien “fuera” malo en pasado… ¿Se asume que ya hay estufa o que ya llegó la primavera?

    Milla

    Comentario por M — 19 marzo 2009 @ 7:00 pm | Responder

  11. Chicas está claro que todos hemos abrillantado pasillos en la infancia y escapando de ellos toda la vida.
    Un besazo fuerte y gracias por vuestros comentarios que he disfrutado muchísimo.
    Y ha llegado la primaveraaaaaaa

    Comentario por Pilinguiña — 19 marzo 2009 @ 8:14 pm | Responder

  12. Pilinguiña mi hija se escapó del colegio de monjas porque la hicieron comer a la fuerza bruta. Vino derecha a casa, ¿Tendria 8 0 9 años?) dijo me he escapado (El cole estaba muy cerca) y le pregunte ¿has comido? Llame al convento a decir que estaba en casa y que hablariamos. Y cuando fui las deje hablar. Hasta sin interrupcion no supieron hilar una causa que les diera la razon. Aun me rio de lo mal que lo pasaron sobre todo cuando nombre a la inspeccion Mi hija y yo hablamos naturalmente largo y tendido sobre el tema para que comprendiera bien los limites. Y la dejaron en paz, no la volvieron a tocar ni a forzar en la comida. Aunque a partir de entonces, le quedaban cinco años, nunca estuvo mas que en el grupo de las resistentes,
    que conste.
    Me encanta este post, tan real como la vida misma y con ese de punto de vista lleno de humor tan tuyo. Un besazo por todo lo que nos has hecho reir. Tu Medusiña

    Comentario por tiachea — 20 marzo 2009 @ 8:47 pm | Responder

  13. Como siempre consigues que tus historias sean toda una delicia, y a la vez tienes la habilidad de mostrar asuntos tan importantes como los que narras hoy de una manera deliciosa. La verdad es que gracias al colegio de monjas, a lo que aprendiste sobre la convivencia y la vida misma, te ha servido para ser hoy tal como eres. Genial (el relato y Pilinguiña). No cambies (ni en el bigote siquiera, jajaja)

    Besazos enormes (totalmente laicos)

    Comentario por Ernesto — 21 marzo 2009 @ 3:48 pm | Responder

  14. Medu, gracias por la pequeña historia de tu hija. Me la imagino con la boca prieta y la monja con el forcesp.

    Gracias Ernesto por tu generosidad y voy a cambiar ahora mismo, que noto esa pelusilla reverdecer…

    Comentario por Pilinguiña — 22 marzo 2009 @ 8:44 pm | Responder

  15. Y pensar que yo era una de las hermanas ignoradas…..aunque me acuerdo de los tirones de pelo y las tabas con el hueso de la pata del cordero pintado con pintauñas de la yaya…que gracia
    besos hirma

    Comentario por juana — 17 junio 2009 @ 2:25 pm | Responder


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