Pilinguiña Non de Dios

11 Abril 2009

LAS AGUJETAS

Archivado en: Actualidad — Pilinguiña @ 6:00 pm

He dejado un momentito el libro que estoy leyendo, para entrar en mi abandonado lugar y reflexionar sobre lo que me está pasando.

Que estoy leyendo un enorme libro. Que me ha liado mi sobrina con el Facebook ( fotos, comentarios, amigos). Que al cambiar de casa he perdido todo lo que tenía en mi correo (incluso éste). Que no paro de currar muchas horas y que , ahora que camino yendo y viniendo del curro, añado a las agujetas emocionales,  las físicas.

PilinguiñaDescansando

15 Marzo 2009

PILINGUIÑA ALTANERA

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 1:52 pm

Aquel año, poco después de cumplir los nueve años,  en medio del curso escolar,  nos mudamos toda la familia a una nueva ciudad. El ascenso de papá,  había acontecido unos meses antes.

Sobre todo,  notamos la mejoría económica en los bocadillos de la merienda. Pasamos del chorizo y el salchichón,  a unos jugosos bocadillos de filete de ternera empapados en salsa,  que eran la envidia de mis amigas. Como era mala, me relamía la grasilla delante de ellas,  saboreando ruidosamente hasta el último bocado.

Con el cambio de ciudad, tuve  que dejar el colegio al que iba con mis hermanas. Me despedí de mis amigas de la infancia y del bruto de mi novio Nandi,  al que había perdonado que se meara en mi mejor vestido,   y que hubiera arrancado de cuajo las piernas de mi muñeca.

La nueva casa era enorme y tenía un pasillo larguísimo, tan largo que, mientras mamá se esforzaba en poner todo en orden, nosotras en calcetines,  lo recorríamos para deslizarnos patinando los últimos metros. Mamá nunca tuvo un pasillo tan brillante.

Como era mitad de curso,  mis padres encontraron plaza en la escuela pública para todas mis hermanas menos para mí. Tuve que ir sola a un colegio de monjas.

Aprendí muchas cosas en él.

A sentir envidia

Sor Benita quería más a Lupita que a ninguna de nosotras. Lupita era una niña con cara de ángel que  vestía uniforme de modista. Llevaba unas largas coletas rubias que eran las más repeinadas de la clase. Sus zapatos eran nuevos y lucían brillantes.

A sentir vergüenza.

Mi uniforme había sido confeccionado con poco rigor y gran ahorro, por mi madre. Mi pelo estaba cortado a lo chico y mis zapatos, que eran heredados de mi hermana mayor, eran viejos y estaban desgastados.

El desprecio por los demás.

El primer día de colegio descubrí por primera vez en mi vida la famosa “mueca de asco”. Me la enseñó Lupita cuando recogía mi abrigo. Me miró de arriba abajo, torció el gesto haciendo un mohín y poniendo cara de asco. En cuanto llegué a casa repetí el gesto con mis hermanas. Cuando mi madre vio semejante desprecio, me soltó tal bofetada que me quitó la cara de asco de por vida. Tanto que hoy,  veo una cucaracha  y, a pesar del asco que me producen, solo abro los ojos y pongo cara de loca, nunca más de asco.

La humillación.

Aunque Lupita no me trataba bien y a mí me parecía una estúpida, fui a su cumpleaños. Vivía en una preciosa casa unifamiliar y en su habitación había una casa de muñecas. Fue la tarde más aburrida de toda mi infancia.  Solo se podía jugar a lo que ella quería, y ella, solo quería jugar a las mamás, vestir, desvestir y dar de comer a las muñecas. Allí nadie podía jugar a las tabas en el suelo, no querían saltar a la comba, ni  poner las gomas entre dos sillas, no querían correr, gritar o pelearse.  

En un momento de descontrol  (nunca había comido tanto dulce), tiré con fuerza de la coleta de Lupita que ya me tenía hasta las narices. No fue suficiente que llorara desconsolada con su cara de ángel, la muy cobarde, se fue a llorar en los brazos de su madre. Cuando nos despedimos me miró y, de nuevo torciendo  el gesto con su famosa mueca,  me dijo:

-Pilinguiña eres fea y tonta y nunca más te voy a invitar a mi casa.

Lo dijo delante de todos,  incluida su madre. Aunque sentí una gran congoja, increíblemente,  su madre no le partió la cara. Eso me gustó mucho. Quedé abducida por el consentimiento maternal del que ella disfrutaba. Mi madre me hubiera puesto el culo como un tomate.

La lucha de clases.

Ese año comprendí que las niñas del colegio de monjas debíamos considerar a las niñas del colegio público, tontas, feas y agitanadas. Dejé de ir con mis hermanas para relacionarme exclusivamente con las niñas de mi colegio. Bailábamos femeninas y muy cursis al son de la música del comediscos. Cuando jugábamos con las manos, lo hacíamos para cantar canciones, no como con mis hermanas que siempre querían un “calientamanos”. Además, tonteábamos con los guapísimos chicos del colegio de curas, que solo iban con nosotras, las niñas del colegio de monjas.

La corrección moral.

En casa empezaron a cansarse de tanta gilipollez por parte de hija. Con mis hermanas estaba tan altanera que comencé a buscar fórmulas para insultar haciendo daño. A la mayor le decía  “Bel culo de papel, mete manos en la sartén”, a la tercera “pulga pedorra”,  a la cuarta “sorda” y a las pequeñas, simplemente las ignoraba. Finalmente mi padre, viendo mi deterioro moral, decidió que si quería ver a mis amigas del colegio, tendrían que venir a casa a jugar con mis hermanas. Solo vinieron un día. Entre mis hermanas y las amigas de éstas, se llevaron unos cuantos tirones de pelo, algún pellizco y, lo que fue decisivo para sus madres, las bragas sucias de  jugar en el suelo de la calle a las tabas.

PilinguiñaCorregida 

14 Marzo 2009

CON EL FRIO EN LOS TALONES

Archivado en: Diarios Impersonales — Pilinguiña @ 8:58 pm

Últimamente no me animo a escribir ni leer en mi querido PC,  y no lo hago por temor a la congelación irreversible de los dedos de mis pies.

 

En mi nueva casa,  no tengo calefacción en la terraza cubierta que es el lugar donde he puesto el PC. Resulta que en esta bonita terraza, a nadie se le ha ocurrido poner un radiadorcillo.

 

Como la casa está calentita,  no hay quién me lleve a la terraza, es que no me animo, no soy capaz de subir para sentarme en el ordenador y escribir. Me echa para atrás el propio cuerpo, empiezo a estornudar, se me congela la nariz y se me hielan las neuronas.

 

Ahora sí que echo de menos la menopausia, hay que joderse, con lo bien que me vendrían esos sofocones para disfrutar de mi terraza de invierno.

 

Tengo pendiente colocarle un calefactor, pero con esto de la crisis,  algunos nos hemos vuelto roñosos y apretados, yo misma me digo: Pilinguiña, espera que casi estamos en primavera y así lo compras para el próximo invierno.

 

Pues a joderse por desmenopáusica y tacañona.


PilinguiñaMusaFría

 

4 Marzo 2009

LA MUDANZA Y EL BIGOTE

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 10:36 pm

Estos días he estado muy liada con la mudanza de casa y con cierto asuntillo vivido la semana pasada.

Reventadita de tanto trabajo, con la escoba en una mano y el trapito en la otra, estuve  sin parar desembalando cajas y cajas.

Habría jurado que había tirado los mil cachivaches que no sirven para nada y las ropas del siglo pasado, sin embargo, tenía mil cosas que colocar,  entre ellas,  la cazadora vaquera de los 70, alguna hombrera de los 80,  mi vestido alucinante de los 90 y unos cuantos móviles de decimonovena generación. Todo ello fui realizándolo con la inestimable ayuda de mi querida hermana la tercera.

Aquella fatídica mañana estaba feliz con mi nueva y luminosa casa y disfrutando toda la semana de vacaciones. Pusimos la música a todo trapo  bailoteando mientras trabajábamos. Todo era alegría hasta que, para mi desgracia, mi querida hermana tuvo una visión mientras limpiaba el espejo del baño y yo me acerqué a admirarme un poquito.

Clavando sus ojos en mis labios me hizo esa pregunta, esa que nunca hubiera querido escuchar de sus labios.

-¿Pilinguiña? ¿Tienes bigote? – cambiando el tono de inmediato a – Pilingiña, ¡Tienes bigote!

-¿Qué dices? ¿En serio? – Ante su cara de apenada sinceridad, repetí atemorizada y con menos fuerza, – es imposible, jamás he tenido bigote… tú lo sabes, nosotras no nos depilamos el bigote… nuestras otras hermanas sí, nuestras amigas sí, las conocidas también, casi todas las tías se lo depilan,  pero ni tu ni yo  hemos tenido bigote jamás. No me gastes esas bromas que me da la taquicardia.

-Pilinguiña, que sí, joder, que tienes bigote, que te ha salido, pero no te preocupes, no pasa nada, se quita en un plis plas y casi no duele – continuó intentando ser conciliadora,  caritativa y creyendo que con ello me ayudaba, solidaria  – verás, el mes pasado mi hija me detectó el mío y mira –dijo ufana metiendo los labios para dentro y acercando su nariz a mi cara – ni un pelito.

No daba crédito, ¿ella también?, pero si éramos el último reducto de la feminidad mundial, dos tías que nunca se habían quitado el bigote, Dios mío si era lo único del cuerpo que no me había depilado nunca. Además si fuera cierto, me lo hubieran dicho, que no iba a ir yo así, con el mostacho puesto y que nadie tuviera la decencia de decirme “Pilinguiña, tienes una pelusilla que casi no se ve, pero que se nota…”, algún decente ser humano me hubiera dicho  la verdad, esa verdad que no quería escuchar, “Pilingiña te salido un mostachillo prepuber!, aquello, aunque era muy doloroso, alguien tendría que habérmelo dicho.

A mí jamás se me hubiera ocurrido mirarme con las gafas para ver si tenía bigote, nunca hubiera creído capaz a mi cuerpo de semejante salvajada, ni se me hubiera pasado por la cabeza.

Seguían surgiendo cajas y cajas del camión de la mudanza que amontonaba un caballero que me tenía el olfato destrozado a causa de esos sudores de trabajos forzados. Pero yo no sentía lástima por él ni por nadie. Solo pensaba en el terrible descubrimiento filial.

Para colmo las puñeteras gafas no aparecían por ningún sitio, desesperada por ver al “infame”, opté por una lupa.

Con la lupa los detecté, eran poquitos y pequeños pero con la suficiente entidad y largura pertinente para que saliera corriendo en busca de una perfumería.

-Por favor, me puede dar cera para el bigote – pregunté valerosa mientras me preguntaba ¿será una pesadilla? ¿Cómo iba a ser yo la que estaba allí, a mi edad, solicitando tan descaradamente un objeto tan detestable?

Rápidamente y antes de continuar trabajando en la mudanza, mi hermana retiró de mi labio superior esas pelusillas que comenzaban a despuntar sobre todo en los laterales. Sé que ella no era consciente de mi sufrimiento ya que muy animada puso bajo la lupa lo retirado con la cera.

Mirando esos pelillos, sentí que había desaparecido para siempre el último vestigio de mi virginidad corporal y que nunca volvería a ser la misma

PilinguiñaDeMudada

6 Febrero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (el desenlace)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 8:51 pm

Una vez en casa los padres simulando una tranquilidad que no sentían, pidieron silencio a los chicos, eran las cinco de la mañana y la abuela, enferma del corazón, dormía plácidamente en la habitación de al lado.

Mientras la madre en el baño limpiaba a la jovencita y le ayudaba a colocarse el  pijama, el padre pretendía cambiar de ropa y asear al chaval que ya estaba en brazos de Morfeo. Los dejaron acostados a cada uno en una habitación y con la puerta abierta, retirándose muy perturbados a su cuarto.

A las seis comenzaros los lamentos. Se levantaron al instante.

La novia se había quitado la parte de abajo del pijama y estaba de rodillas en el cuarto de su hijo con el culo en pompa, un finísimo tanga y vomitando escandalosamente en la papelera del cuarto. El chaval  intentaba con poco éxito hacer lo mismo en el wáter. La abuela paseaba por el pasillo sujetándose el corazón para que no se le saliera del pecho mientras lloriqueaba,

-Ay señor, me va a dar algo, el niño, el niño está borracho y encima ha traído a una mujer a casa.

Fregona en mano, entre los dos no tenían manos suficientes para relajar y acostar  a la abuela, sujetar la frente de los chicos, limpiar el suelo y taparle el culo a la novia.

Esa noche los padres se sintieron muy viejos y cansados.

Después del silencio, cuando comprendieron que todo había terminado, se abrazaron con fuerza. Amanecieron con sus cuerpos entrelazados decididos a que al año siguiente, en la Noche de San Juan, buscarían una playa solitaria en un lugar aislado al que llevarían unos troncos para hacer fuego.

Allí, a la luz de la luna, se besarían al calor de la hoguera.

PilinguiñaQuemada

5 Febrero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (capítulo III)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 9:05 pm

Inmediatamente se separaron para,  a los dos segundos,  como si sus labios estuvieran imantados, continuar con sus pegajosos besos.

-¡Te he hecho una pregunta! ¿habéis bebido? – insistió la madre incapaz de controlarse.

-No, farfulló la criatura – acariciando el pelo de la niña que, con los ojos medio abiertos, los labios algo hinchados, el rímel corrido,  la boca abierta y expresión de amor eterno, apoyaba la cabeza sobre el hombro de su pequeño.

Al mirar a su marido, comprendió que tendría que detenerse a sí misma y sobre todo detenerlo a él. Había descubierto por el rabillo del ojo el exagerado hinchazón de la vena en la sien, como tenía las manos agarrotadas sobre el volante y los ojos inyectados en sangre. Nunca le había visto en ese estado y temía que estuviera a punto del infarto o que se hallase en la posición del tigre a punto de atacar. Le miró a los ojos con firmeza muy seria  negando con el gesto  para que no dijera nada. Ya hablarían al día siguiente.

En cuanto entraron en el garaje y despertaron a la niña, ésta vomitó sobre el asiento, sobre sus escasas vestimentas y sobre el ebrio de su hijo. No tenían nada a mano para limpiar por lo que la escena en el ascensor, además de pestilente, era triste, muy triste. Los dos con los ojos rojos, la mirada perdida, sonrisa bobalicona y llenos de vómito, seguían agarraditos de la mano intentando en vano aparentar que allí no había pasado nada.

-Mamá – dijo atrevido y con sonrisa flácida - farece je está un foco mareada, pero no es nada, es que… Calló al instante al recibir el mensaje en la mirada asesina de su padre.  

1 Febrero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (capítulo II)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 12:31 pm

Ya de vuelta a casa y esperando la llamada de su hijo, al padre se le agitaba el estómago conjeturando como sería su vida con un nieto en casa,  mientras la madre sufría imaginando a los dos, casi niños,  en la playa atacados por unos desalmados que les hacían todo tipo de crueldades.

Cuando sonó el teléfono eran las cuatro de la mañana. Al escuchar su voz sintieron una sensación de tranquilidad muy agradable.

-Mamá ya podéis venir a buscarnos, hace mucho frío.

Encantados, bajaron rápidamente a por el coche. Los treinta silenciosos minutos hasta llegar al pueblo se les hicieron eternos.

Allí estaban las criaturas, en la plaza agarraditos de la mano y ateridos de frío.

Cuando subieron al coche, el hedor a alcohol inundó el habitáculo.

Durante el viaje tuvieron que subir el volumen de la radio y no mirar por el retrovisor para no tener que soportar el baboso ruido de los besos chocando con las salivas de los dos adolescentes, ni ver a su pequeño abrazar apasionado a aquella jovencita mientras le tocaba una teta.

-Hijo – ordenó la madre – ¡qué corra el aire por favor! – ¿no habréis bebido?  preguntó nerviosa arrepintiéndose al instante de haber realizado tan estúpida pregunta.

31 Enero 2009

LA NOCHE DE SAN JUAN (capítulo I)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 7:56 pm

Angustiados por las terribles noticias sobre peleas, accidentes y descontroles juveniles que acontecían en su ciudad año tras año en las Noches de San Juan, decidieron atender la petición de su joven adolescente que deseaba pasar esa noche en la playa con la que él llamaba su novia,  al calor de una pequeña hoguera y la luz de la luna.

Les  acercaron en el coche  a la solitaria cala elegida por su hijo a unos veinte kilómetros de la ciudad, dejándoles en el pueblecito costero no sin antes hacerles prometer que en cuanto se cansaran, (lo antes posible), les llamarían por el móvil para acudir de inmediato en su busca.

Por el espejo retrovisor se veía a los jóvenes entrelazar las manos y cruzar miradas ardorosas.

Los padres preocupados por tanta pasión y hormonas aceleradas, habían advertido a su hijo de los peligros de la ausencia del condón cuando se tenía novia, sobre todo si la novia era poseedora de unas hermosas tetas y tenía dieciséis años. En la mirada del jovencito de – qué sabrás tú de la vida, que yo estoy de vuelta de todo -  los padres intentaron encontrar algo en su expresión que les tranquilizara, pero como el chico solo se comunicaba con la despectiva mímica de su miraba, como no articulaba palabra, no lo consiguieron.

21 Enero 2009

EL PIRATA MILLONARIO (el desenlace)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 10:02 pm

Preocupada por los cuernos platónicos que le estaba poniendo a mi consorte, y para fortalecerme en mi dulce pirateo, le puse a mi marido una trampa. Contraté a una preciosa pedazo de putón con un cuerpazo impresionante, para que le diera un masajito después untarle en algas y de nalgas. Me puso unos cuernos que todavía me pican. Con ello, mi conciencia se apaciguó bastante.

Salvo mi hermana tercera, la del 7% para los pobres,  la del Papa, la Pepito Grillo de los huevos, que no hacía más que decirme que la felicidad no la da el dinero, que cuanto más se tiene más se quiere, que estaba gastando sin tener en cuenta que, con lo que me había gastado en Manolos,  comían un año todo un pueblo de Chiapas. ¡Qué jodía! Cómo se notaba que la pasta no era suya. El dinero era mío, solo mío. Me empezaba a parecer que todas ellas me miraban envidiosas. ¡Con la de pasta que me había gastado en ellas! ¡Qué ingratas! Envidia que ellas no tenían millones. Aburrida de escucharla, le pagué un viajecito a Taizé para que me dejara tranquilita una temporada. Allí recuperó la fe perdida en Roma.

Os preguntaréis qué había sido del generoso Pirata, de aquel hombre de ojos negros, el de la mirada embaucadora y dulce sonrisa. He de decir que mi masajista, el de siempre, el que llevaba a todas partes, el que comprendía que necesitaba masajes por la mañana y por la noche,  que mi espalda, después de tantos años de curro estaba recauchutada, ese masajista, ese mismo, cuando me tumbaba de espaldas desnuda, me rogaba dulcemente que cerrara los ojos. En cuanto terminaba de masajearme sin parar, me susurraba al oído ¡me encantas!

Cuando sonó el despertador, sentí como mis músculos se endurecían y mi mente se negaba, no podía despertar, no quería, me faltaba mucho por gastar, mucho por vivir, mucho por disfrutar.

-Todavía noooooo – grité aterrorizada.

Todavía podía ser solidaria, crear una fundación para dar de comer al hambriento, vestir al desarropado, dar de beber al sediento, ¡Dios mío me volveré una santa pero no me despiertes!

-Noooooooo

Nadie me escuchó.

Todavía sintiendo vivamente en mí los millones y mi vida de lujos y desenfrenos, mi cuerpo lánguidamente me arrastró a la ducha que fue la que me devolvió a la puta realidad.

Le vi en el semáforo. Sorprendida,  fijé la vista en el hombre de pelo rizado y ojos negros que vestía una camisa de mujer blanca con lacitos negros en las muñecas. Mientras limpiaba mi parabrisas sonreía pícaro enseñándome su mellada e indecente dentadura.

Con mucha tristeza puse en su ennegrecida mano un euro. Él, sonriente, me miró a los ojos con dulzura diciéndome.

-¡Me encantas!

PilinguiñaEncantada

19 Enero 2009

EL PIRATA MILLONARIO (capítulo VII)

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 3:08 pm

Lo segundo fue reunir a las mujeres de mi familia y nuestras amigas. A las amigas de mis hermanas les aboné en su cuenta mucha pasta para que pudieran pedir una excedencia en el trabajo y nos pudiéramos largar todas juntas una temporada. Mis hermanas,  sus mejores amigas, mis amigas y mi mejor amigo, dejaban de trabajar para siempre.

Primero las llevé al Gran Hotel de la Moja, (el nombre no es casualidad), cerrándolo para nosotras solas. Contraté a los mejores masajistas,  estilistas, peluqueros y maquilladores del lugar, así como  actores,  animadores culturales,  que no culturistas, que leche, una vez pensado, también… calla, calla decían ellas…

Entre masajes corporales, chapuzones en la piscina, relajantes mascarillas faciales, depilación laser, bailes mañaneros, galopadas en caballo, paseos en bici, caraokes nocturnos, cenas maravillosas y bebidas refrescantes y/o colocantes, pasamos unos felices días  disfrutando, en  la noche de despedida de un maravilloso baile de gala.

Los días restantes mantuvimos los masajes, la dieta saludable, el ejercicio moderado o no,  pero en distintos países. Estuvimos en París, después en Italia donde mi hermana tercera saludó al mismísimo Papa, (momento en que fue abandonada por su fe),en Grecia y en Turquía.

Volvimos para reunirnos con nuestras familias que nos esperaban en Vaqueira,  lugar al que habían vuelto nuestros consortes después de pasar varias semanas por ahí, a lo grande, donde querían y cómo les había apetecido hacerlo.

Vergüenza tendría que darme lo rácana, superficial, frívola e insolidaria que estaba siendo mi aventura, pero los ricos somos así…

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