En la última página del periódico leyó su nota: Señorita soltera, seria y formal de mediana edad, busca relación para fines matrimoniales.
La primera carta que recibió fue la de un gallego. Por sus letras llenas de calor, imaginó al hombre romántico, formal, protector y cariñoso de sus novelas de amor que, desde que salió del convento, leía con fruición. Antes de dar el paso, estuvieron carteándose y hablando por teléfono durante un año. Enamorados como dos adolescentes, decidieron que ella viajaría ese fin de semana para conocerse.
Llegó nerviosa, llevaba días muy inquieta. Había ido a la peluquería y se había duchado restregando con fuerza su piel, deseando que el agua se llevara también su aspecto de seca solterona. Se pintó por primera vez los labios y las uñas de las manos y pies.
La crueldad del gallego, le dejó una profunda huella de dolor en su corazón. Ese mismo fin de semana, se casaba con otra. Isabelita había sido solamente una broma entre él y sus amigos.
Plácido también había contestado al anuncio. Era de la misma provincia que ella. El desdén de la mujer en la primera y única carta a la que había contestado, motivo con fuerza su deseo de conocerla. Tenía una preciosa letra inclinada hacia la derecha, que a él, se le antojaba solo podía estar escrita por una delicada y virginal dama. Le envió 24 cartas, una al mes durante dos años. En ellas, rogaba una cita para conocerse.
Solo cuando Isabelita, con la ayuda y pesquisas de mi madre, se convenció de que el remitente era quién decía ser, y su condición era la de soltero de un pueblo cercano, aceptó acudir a la primera cita.
Se conocieron en la estación de autobuses. Mientras tomaban café, él estuvo observándola con detenimiento. Aunque no era una mujer agraciada y sus ojos eran pequeños, su nariz aguileña, su barbilla destacada, el pelo tosco rizado y estaba muy delgada, tenía la delicadeza de la soltera indefensa y virgen de sus deseos. Desde ese momento, se enamoró perdidamente de la tía Isabelita.
Él también estaba soltero. De joven había tenido una novia que le abandonó a los 4 años escapando a la ciudad con el hijo del cartero. Desde entonces, dedicó su vida al campo, a sus animales y, con los años, al cuidado de su anciana madre.
Solo tenía una afición, la bebida, gracias a ella, la decepción por la pérdida de su novia, le habían hecho olvidar, salvo cuando iba de putas, su relación con las mujeres. Ahora que su madre era muy anciana, había sentido de nuevo el deseo de vivir acompañado por una buena mujer.
La edad de Isabelita, 52 años, y su recatado atuendo, no mejoraban su aspecto nada atractivo. Iba vestida con una camisa blanca abotonada hasta el cuello, chaqueta y falda larga negra, medias tupidas y zapato plano.
Ella se había percatado del intenso interés de aquel hombre que no dejaba de mirarla con una sonrisa pícara. No se fiaba, la experiencia con el gallego, había dejado una dolorosa huella que la impedían volver a mirar a un hombre con aquella inocencia e ingenuidad de su primera cita.
Empezaba a sentir mucha vergüenza. Colorada, bajó la cabeza rogando a la virgencita que le dijera, cuanto antes, si deseaba volver a verla. Le dolía ser la solterona de la familia y, a su edad, había perdido la esperanza de encontrar novio para casarse.
El hombre que la estaba mirando era gordo, de cincuenta y tantos años, nariz gruesa y roja, labios carnosos y ojos grandes y vivos. No era exactamente el caballero guapo y educado con el que había soñado toda su vida, pero parecía mostrar un gran interés por ella, por su vida y por su situación personal.
Se ofreció a acompañarla a su casa. En la puerta quedaron para el día siguiente. Esa noche, borracho, cantó una serenata debajo de su ventana. Avergonzada y a la vez íntimamente satisfecha, le rogó que se fuera. Nunca nadie había hecho nada semejante por ella.
Así estuvieron durante 6 meses, embriagados por el vino y el amor hasta que, Plácido complaciente, prometió no volver a beber y le pidió en matrimonio.
Isabelita había soñado durante casi medio siglo de noches solitarias, como sería su primera vez. Habló de ello con mi madre. Temía por igual al dolor y a la vergüenza de la desnudez de ambos. Aunque mi madre intentó tranquilizarla, ella sufrió, durante los días previos a la boda, pánico ante lo que intuía podía ser una dolorosa y vergonzosa noche de bodas.
Al día siguiente de la boda, debido a su sorprendente y renovado aspecto juvenil, mi madre intuyó que aquella noche había sido la más feliz e intensa de la vida de mi tía Isabelita.
El día de su primer aniversario de bodas, enterró a su marido. Nos contaba orgullosa como poco antes de morir, su Plácido, había asegurado que moría de amor por ella.
-Al dejar de beber por ti mi amor, el hígado se me ha secado y este cáncer me ha brotado – fueron sus últimas y románticas palabras.
PilinguiñaEmbriagada