Pilinguiña Non de Dios

28 Junio 2008

QUITÁNDOME EL SAYO

Archivado en: Actualidad — Pilinguiña @ 10:19 pm

Aprovechando un pequeño parón de mi escribir “brotador”, y  que las terrazas, la playa, la familia y los amigos,  están ahí, llamándome, dedicaré este tiempo a retomar otro quehacer que me vuelve a apetecer muchísimo, mi libro. Así que, con más pena que gloria, dejaré mi blog hasta que lo termine, o lo abandone de nuevo.

A los comentaristas de mi blog, daros las gracias, es un gustazo leer que alguien opine sobre mis “cosas”. A los blogueros que he visitado, gracias por vuestras entradas. Al resto de mis lectores, familia (sobre todo mis hermanas, os quiero) y amigos, gracias por la motivación, sois los mejores.

Agradecer también  su visita a los despistados que han caído casualmente en este blog,  me han hecho reír con sus extraviadas entradas desde el google, sobre todo un rencoroso que ha hecho su entrada 6 veces buscando “las palizas en el culo de mi tia materna”, o el viciosillo que ha entrado 4 veces buscando al  “hombre con cofia y delantal”.

Dejo aquí, hasta mi vuelta,  mis 35  historias, deseando volver pronto con la misma ilusión que comencé hace 3 meses.

PilinguiñaAgradecida

23 Junio 2008

MI SEGUNDO DELITO

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 9:59 pm

La botella de aguardiente de guindas había sido un objetivo de mi mejor amiga desde que teníamos 14 años. Su primo mayor le había contado las bondades de la borrachera de aguardiente, sobre todo,  si te la bebías rápido y te tomabas las guindas.

Esperó a que cumpliéramos los 15 para realizar el latrocinio al mueble bar. Sin ningún temor, cogió la botella entregándomela para que la sacara de su casa. Sentí como mi cuerpo absorbía su mismo coraje y acepté, forajida, a guardarla en el abrigo. Salí corriendo hasta la puerta del metro esperando, ya sin valor, a que apareciera sana y salva.

Llegó corriendo y riendo contenta. Resolvimos ir a un parque donde,  detrás de unos matorrales, nos bebimos la mitad de la botella. Fue cuando intenté meter la última guinda en mi boca,  cuando mis piernas dejaron de obedecer las órdenes de mi cerebro. Entre risas tontas y caídas al suelo, decidimos que era hora de que el mundo nos reconociera. Nos sentíamos grandes, guapas, mayores, inteligentísimas y sinceras.

Entramos en la fiesta de los mayores y universitarios  fuertes y decididas a darlo todo en la pista. Sentía como la música inundaba mi corazón disfrutando contenta. Me pasé un buen rato bailando, cuando me cansaba, abrazaba a mi amiga.

Dos tíos mayores se acercaron. Mientras uno intentaba bailar pegado y de paso, tocarle el culo a mi amiga, el otro, más inteligente, intentaba llevarme a su coche.

-Vámonos de aquí, esto está lleno – dijo bondadoso el listo – el aire en el coche te sentará de maravilla.

-Esfera – farfullé – tengo que haflar jon fiamiga – pensando que me había ligado a un mayor ¡Dios mío, un tío mayor enamorado de mí! Se lo tengo que decir.

-Lo que quieras bonita – dijo con sonrisa de hiena al comprobar que era presa fácil – ven que te llevo, agárrate con fuerza.

Fue al despedirme cuando mi amiga decidió no soltarme la mano. Mientras ella tiraba de mí, el chico intentaba que me soltara. Hubo un momento de tira y afloja entre gruñidos del uno y la obstinación de la otra.

-¡Je me dejís en pas joderrr!-  grité mareada,  sintiendo mi estómago reverdecer.

Mirando embobada a los ojos del ansioso pretendiente, le puse en la solapa,  entre otras cosas de cierto color y olor extraño,  las famosas guindas.

PilinguiñaFacinerosa

21 Junio 2008

EL PLÁCIDO PLACER DE LA TÍA ISABELITA

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 3:34 pm

En la última página del periódico leyó su nota: Señorita soltera, seria y formal de mediana edad, busca relación para fines matrimoniales.

La primera carta que recibió fue la de un gallego. Por sus letras llenas de calor, imaginó al hombre romántico, formal, protector y cariñoso de sus novelas de amor que, desde que salió del convento, leía con fruición.  Antes de dar el paso, estuvieron carteándose y hablando por teléfono durante un año. Enamorados como dos adolescentes, decidieron que ella viajaría ese fin de semana para conocerse.

Llegó nerviosa, llevaba días muy inquieta. Había ido a la peluquería y se había duchado restregando con fuerza su piel, deseando que el agua se llevara también su aspecto de seca solterona. Se pintó por primera vez los labios y las uñas de las manos y pies.

La crueldad del gallego,  le dejó una profunda huella de dolor en su corazón. Ese mismo fin de semana,  se casaba con otra. Isabelita había sido solamente una broma entre él y sus amigos.

Plácido también había contestado al anuncio. Era de la misma provincia que ella. El desdén de la mujer en la primera y única carta a la que había contestado, motivo con fuerza su deseo de conocerla. Tenía una preciosa letra inclinada hacia la derecha, que a él, se le antojaba solo podía estar escrita por una delicada y virginal dama. Le envió 24 cartas, una al mes durante dos años. En ellas, rogaba una cita para conocerse.

Solo cuando Isabelita, con la ayuda y pesquisas de mi madre, se convenció de que el remitente era quién decía ser, y su condición era la de soltero de un pueblo cercano, aceptó acudir a la primera cita.

Se conocieron en la estación de autobuses. Mientras tomaban café, él estuvo observándola con detenimiento. Aunque no era una mujer agraciada y sus ojos eran pequeños, su nariz aguileña, su barbilla destacada, el pelo tosco rizado y estaba muy delgada, tenía la delicadeza de la soltera indefensa y virgen de sus deseos. Desde ese momento, se enamoró perdidamente de la tía Isabelita.

Él también estaba soltero. De joven había tenido una novia que le abandonó a los 4 años escapando a la ciudad con el hijo del cartero. Desde entonces, dedicó su vida al campo, a sus animales y, con los años, al cuidado de su anciana madre.

Solo tenía una afición, la bebida,  gracias a ella,  la decepción por la pérdida de su novia, le habían hecho olvidar, salvo cuando iba de putas, su relación con las mujeres. Ahora que su madre era muy anciana, había sentido de nuevo el deseo de vivir acompañado por una buena mujer.

La edad de Isabelita, 52 años, y su recatado atuendo, no mejoraban su aspecto nada atractivo. Iba vestida con una camisa blanca abotonada hasta el cuello, chaqueta y falda larga negra, medias tupidas y zapato plano.  

Ella se había percatado del intenso interés de aquel hombre que no dejaba de mirarla con una sonrisa pícara. No se fiaba, la experiencia con el gallego, había dejado una dolorosa huella que la impedían volver a mirar a un hombre con aquella inocencia e ingenuidad de su primera cita.

Empezaba a sentir mucha vergüenza. Colorada,  bajó la cabeza rogando a la virgencita que le dijera,  cuanto antes,  si deseaba volver a verla. Le dolía ser la solterona de la familia y, a su edad, había perdido la esperanza de encontrar novio para casarse.

El hombre que la estaba mirando era gordo, de cincuenta y tantos años, nariz gruesa y roja, labios carnosos y ojos grandes y vivos. No era exactamente el caballero guapo y educado con el que había soñado toda su vida, pero parecía mostrar un gran interés por ella, por su vida y por su situación personal.

Se ofreció a acompañarla a su casa. En la puerta quedaron para el día siguiente. Esa noche, borracho, cantó una serenata debajo de su ventana. Avergonzada y a la vez íntimamente satisfecha, le rogó que se fuera. Nunca nadie  había hecho nada semejante por ella.

Así estuvieron durante 6 meses, embriagados por el vino y el amor hasta que, Plácido complaciente,  prometió no volver a beber y le pidió en matrimonio.

Isabelita había soñado durante casi medio siglo de noches solitarias, como sería su primera vez. Habló de ello con mi madre. Temía por igual al dolor y a la vergüenza de la desnudez de ambos. Aunque mi madre intentó tranquilizarla,  ella sufrió, durante los días previos a la boda, pánico ante lo que intuía podía ser una dolorosa y vergonzosa noche de bodas.

Al día siguiente de la boda, debido a su sorprendente y renovado aspecto juvenil, mi madre intuyó que aquella noche había sido la más feliz e intensa de la vida de mi tía Isabelita.

El día de su primer aniversario de bodas, enterró a su marido. Nos contaba orgullosa como poco antes de morir, su Plácido, había asegurado que moría de amor por ella.

-Al dejar de beber por ti mi amor, el hígado se me ha secado  y este cáncer me ha brotado – fueron sus últimas y románticas palabras.

PilinguiñaEmbriagada

18 Junio 2008

CAMBIO RADICAL

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 6:33 pm

Fue a esa edad cuando descubrí que tenía un atractivo interesante para los jóvenes y no tan jóvenes con los que me relacionaba en el instituto y fiestas de coleccionar novios. Seductora decidí, ante la incomprensión absoluta de mi padre, que las remodelaciones físicas de vestuario, peinado y pintado, tan agradables a los ojos varoniles, no podía hacerlas en casa a la luz de la verdad adolescente,  por ello, no me quedaba más remedió que convertir el ascensor en la caja mágica de los cambios radicales que realizaba en cuestión de segundos.

Esa tarde nos habíamos puesto unas minúsculas falditas, íbamos pintadas como puertas y llevábamos los taconazos de la madre de mi amiga. Cargadas con las bolsas del vestuario oficial,  entramos listas para el cambio en nuestro acogedor ascensor.  Al ir tan divinas, teníamos que darnos mucha prisa pues había que realizar varias modificaciones a la vez. Tanto ajetreo, nos llevó al empujón contra el ascensor, al espejo hecho añicos y a una cicatriz de unos 7 cm., en la parte de atrás de mi rodilla.

La sangre y el estropicio nos impidieron recordar nuestra principal misión,  abrir las bolsas,  quitar los tacones,  bajar la falda y decapar la pintura,  en vez de ello,  empezamos a gritar como posesas.

A los gritos y el escándalo acudió raudo,  Rufino, el portero.

El hombre con aire triunfal, llamó de inmediato a mi casa para informar debidamente y ver si mis padres,  por fin, comprenderían los motivos de sus obligadas quejas sobre las revoltosas niñas.

A Rufino no le movía otra cosa que la venganza,  había llegado su momento,  el momento en el que a mi madre no le quedaría otro remedio que claudicar y dejar de defender a toda costa y sin ninguna objetividad a aquellas fierecillas a las que ella llamaba “santas”. -¡Mi hijas, unas santas!- decía - ¡no han sido ellas! – defendía persistente – ¡las tiene usted manía!

Aquella mujer nunca quiso escucharle,  ni creerle,  a pesar de ser el portero y un hombre adulto.  Pero él sabía a ciencia cierta de quién eran los chicles pegados en el suelo,  las manchas de zapatos en las pareces y los saltos incansables a gritos por la escalera.  ¡Ahora tenía pruebas irrefutables!  Esta vez había pillado a una de las “santas”,  con las manos en la masa.  La prueba del ascensor destrozado,  era indiscutible.

Así fue como se encontraron mis padres con el panorama.

Mientras mi madre me curaba la pierna ”en demasiado” silencio, yo escrutaba su rostro en  búsqueda de información de cómo iba ser el castigo y la duración del mismo.

Una vez que me vendaron la pierna y todo se hubo tranquilizado, el portero aprovechó para dar el tiro de gracia.

-Tendré que llamar a un cristalero. ¿Le pasa a usted la factura directamente?

Parecía mentira que el hombre no la conociera,  no solamente negó la evidencia en defensa de su hija,  si no que casi se lo merienda antes de cerrarle la puerta en las narices.

Siempre estaré agradecida al vengador Rufino, sin su obstinado actuar,  el centro de las iras de maternales hubiera sido otro.

PilinguiñaProtegida

15 Junio 2008

LA CAMILLA ARDIENTE

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 2:00 pm

Las mañanas de inverno de los domingos nos dejaban solas alrededor del brasero de la mesa camilla para acudir a misa como ordenaban los Santos Mandamientos. Las cuatro mayores jugábamos con las fichas del parchís, mientras la pequeña dormía en su cuna.

Al escuchar el tac,tac,tac, de los tacones de mamá, y el golpe de la puerta al cerrarse, comenzamos la pelea. La mayor quería contar más de veinte y yo sacar ficha, sin el imprescindible cinco de rigor. Entre fuertes patadas, algún tirón de pelo y gritos, escuchamos de nuevo el tac,tac,tac, de mamá.

Notamos el fuerte olor a humo en el cuarto. Debajo de la mesa camilla, había una pequeña cuerda de la que colgaban los pañales de las pequeñas. Así, se secaban antes. Parece que, la patada de alguna de nosotras dos, desencadenó el incendio.

Ese día descubrimos la prodigiosa capacidad de las madres para hacer muchas cosas a la vez.

Mientras con la mano izquierda protegía las faldas de la mesa camilla, con la mano derecha tiraba por la ventana la ropa ardiendo. A la vez, con absoluto control de la  situación y una frialdad marcial, comenzó a dar órdenes tajantes.

-Trae agua, coge el cubo de la cocina, corre -  dijo a la mayor

-Saca a la niña de la cuna, llévatela, Pilinguiña, corre, salid de aquí ahora mismo.

-Vengan a por mis hijas – ordenó a los viandantes que veían estupefactos como salían de aquella ventana pañales voladores  en llamas.

Para cuando entraron en casa, mamá había terminado con el incendio y con sus manos llenas de ampollas.

Ese día también aprendimos las bondades y conveniencia de la solidaridad entre hermanas. Aunque papá preguntó varias veces qué había pasado y quién había sido, por primera vez tuvo que darse por vencido. Nos mantuvimos firmes en nuestro pactado silencio y en el recién descubierto estado de trance “Fuenteovejuna”, nadie ha sido, todas a una, y no hay castigo para ninguna.

PilinguiñaSalvada

12 Junio 2008

EL REGALO DEL DESIERTO

Archivado en: Historias — Pilinguiña @ 8:24 pm

Un niño pequeño, muy moreno y de unos cinco años, se acercó sonriente a la mujer mayor. Ella sacó un plátano de su bolso, miró sonriente al pequeño, lo peló y se lo entregó. El niño se marchó con su plátano y su sonrisa. La mujer le siguió con la mirada viendo como el pequeño entregaba el plátano a una mujer musulmana que,  inmediatamente,  se acercó a ellos con el niño para darle las gracias. Detrás de ella iba el que parecía ser su marido, un extranjero de unos 40 años, alto y muy moreno. Se sentaron juntos comenzando una curiosa conversación.

El hombre preguntó -¿Y usted, a qué se dedica? ¿Vende alfombras?

-No, soy el embajador del Frente Polisario en España – contestó sonriendo.

Les explicó que estaban en la zona preparando la llegada de los niños que veranean en España. Después de conversar durante un rato, el musulmán les propuso acoger a una niña de 9 años durante los dos meses de verano.

La cristiana mujer, pensó que aquello no era una casualidad y que Dios le pedía un acto de generosidad. Dispuestos, decidieron aceptar y recoger a la negrita, para así realizar la “obra de caridad” que el Señor parecía demandarles.

La gran familia adoptiva formada por padres hijos y nietos que veraneaban juntos en el pueblo, esperaba poder hacer mucho por aquella pobre criatura. Habría que alimentarla, vestirla y hacerle una revisión médica completa. Lo más importante era poder disfrutar del amor y agradecimiento eterno que sentiría la pequeña por sus generosos acogedores,  que solo deseaban hacerla feliz tal y como lo hacían con los niños de su familia.

Les preocupaba que cuando se tuviera que marchar, sufriera terriblemente pensando en la vuelta a una vida de carencias absolutas. Sabían que vivía en el desierto, que estaba malnutrida. El resto de todos los males de la niña fueron imaginados vivamente por toda la familia.

Dos meses después, la pareja de abuelos acogió a Mariam.

Durmió durante todo el viaje. Una vez en casa, se sucedieron los mejores momentos de la aventura de la niña. Había agua que salía del grifo. Durante minutos, en árabe, expresaba un júbilo que le impedía parar de abrir y cerrar el grifo. En la ducha dejó la arena del desierto. Más tarde le tocó a la llave de la luz.

A partir de ese momento comenzaron a recibir los regalos diarios de Mariam:  Las Enseñanzas del Desierto.

Aunque eran personas desconocidas que no hablaban su idioma, desde el primer momento se mostró tranquila, tratándoles como si fueran realmente sus padres, tíos y hermanos. Les enseñó a Confiar.

Aunque estaba delgadita y le gustaba comer, jamás lo hizo con ansiedad, comía lo justo. También desechaba el cerdo aunque tuviera hambre, no estaba dispuesta a incumplir sus creencias. Todos los días decía sus oraciones a Alá, mirando a lo que ella creía era la Meca y antes de acostarse, rezaba con los niños las oraciones cristianas a Jesús. Les enseñó Respeto.

Aunque no tenía ropa, no quería más de la que necesitaba. Incluso cuando le regalaron tres pijamas de distintas tallas para cuando fuera mayor, se negó a aceptarlas, alegando que había más niños en la casa y que era necesario compartir. Nunca bebía o comía sin ver si los demás también lo hacían. Les enseñó Generosidad.

Aunque vivía en la mayor de las pobrezas, tenía una familia a la que quería de tal forma que, al manifestar ese afecto en su familia adoptiva, les entregó mucho más amor y respeto del que le habían dado jamás ninguno de sus hijos o nietos. Les enseñó Amor.

Aunque no tenía nada, siempre estaba cantando, bailando o riéndose de alguna ocurrencia. Les enseñó Alegría.

Aunque era una niña que venía de un lugar en el que el maestro daba clases a muchos niños y de distintas edades, aprendió el castellano en 15 días. Les enseñó Constancia.

Aunque era pequeña, entendía de sentimientos con una madurez asombrosa. Sabía cuándo alguno de la familia necesitaba un abrazo, un beso, o una sonrisa. Les enseñó Ternura.

El día que fueron a despedirla al aeropuerto, les extrañó que la niña no llorara, que no sufriera, aunque solo fuera por lo que ya no iba a poder disfrutar del agua, la luz, la piscina… También esperaban que sintiera mucha tristeza por dejar a su nueva familia. Ella feliz, volvía a su casa con sus padres y hermanos, estaba deseando verles y volver a su vida de siempre aunque ésta, llenara su rizado pelo de arena, su estómago de vacío y su piel del frío y el calor del desierto. Les enseñó Humildad

Cuando le preguntaron si deseaba volver el siguiente verano la niña les volvió a sorprender.

-No puedo, mamá embarazada, tengo que ayudar en casa. Venir vosotros, que si venís al Sahara, os dan mochila – dijo señalando contenta la que llevaba en su espalda.

PilinguiñaEnseñada

7 Junio 2008

EL INSTINTO DE SUPERVIVENCIA

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 10:53 pm

El día de mi séptimo cumpleaños me regalaron una pulsera de diamantes, brillantes y zafiros que, además, era comestible. Solo quedó la cuerda relamida a la que iban unidas las maravillosas joyas, el último vestigio del regalo más lujoso y sabroso que había recibido en toda mi vida. Me daban pena mis hermanas que se empeñaban en que no eran joyas, si no caramelos, a pesar de que lo había dicho mamá.

-No les hagas caso- me dijo convincente – y reparte con las niñas.

Ese cumpleaños me sentí la única estrella de la casa. Mis padres y mis hermanas parecían haber entendido que ellas tenían que portarse bien, y que ellos no podían estropearme el día con otro nacimiento o bautizo familiar.

Tantos caprichos y tanto protagonismo, me envalentonaron anulando completamente mi instinto de supervivencia.

En cuanto el coche de mi padre paró para girar la calle, no pude contenerme, aprovechando el momento  para subirme a al guardabarros de la parte trasera. Papá despistado arrancó de nuevo, y yo comencé a disfrutar de aquella sublime acrobacia sintiendo el viento sobre mi rostro y una maravillosa sensación de libertad.

Pocos metros más tarde, cuando más estaba disfrutando, escuché el alarido de mi madre gritando mi nombre. Me dio tal susto, que resbalé dejando un pié metido en el guardabarros. Mi padre continuó la marcha sin enterarse de nada. Recorrí unos metros colgada del pie, dejándome la piel de las manos en el asfalto. El trompazo al caer, casi me cuesta la vida.

Una vez me incorporé, supe que tenía que llorar anhelando el consuelo de mi madre. Suplicante miré hacia el lugar de donde había salido el grito, la ventana de mi casa. Ante su expresión irracional,  recuperé al instante mi instinto de supervivencia.

Llena de sangre en manos y rodillas, mi asustado cerebro comenzó a buscar una justificación que explicara mi chifladura, y que ésta, fuera lo suficientemente convincente para que mi madre dejara en paz la zapatilla. Ofrecí a la ventana mi mejor puchero y mi más tierna mirada, pero ella ya no estaba allí. Unos segundos más tarde, mi madre cruzaba la calle como un Miura con los brazos extendidos hacia mí. Cuando llegó, me abrazó con tal fuerza que,  aunque casi me ahoga, me sentí aliviada.

Mirándome, una vez comprobó que no tenía nada roto, me pegó una sonora bofetada seguida de preguntas a las que no sabía cómo responder -¿cómo se te ocurre subirte al coche?- para continuar con el -!hija, casi te matas!- terminando con - !no se te vuelva a ocurrir hacer una cosa así!

No sabiendo cómo reaccionar ante tamaña confusión maternal, decidí dejar de llorar y perdonarla cristianamente no fuera a igualarme la otra mejilla.

PilinguiñaDesconcertada

4 Junio 2008

EL MUNDO, EL DEMONIO Y LA CARNE

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 7:15 pm

El año en que murió la abuela, mi padre decidió enseñar el mundo a su querida e inocente hermana, la tía Isabelita. La mujer había vivido su primera juventud vistiendo santos para, inmediatamente después, dedicarse al cuidado de su eterna madre que murió a la tierna edad de 100 años.

Su vida había transcurrido tranquila y placentera entre el convento, la clausura maternal,  sus bordados y el desarrollo de un fino olfato,  capaz de detectar a varios metros  a las sobrinas fumadoras que,  por “cochinas”, éramos duramente castigadas. Primero te olía, si dabas positivo, con gran entusiasmo y previo gesto de advertencia, te enseñaba la perfecta colocación de sus nudillos arreándote su famosa colleja antivicio. Todas  aguantábamos el dolor sin rechistar, a ninguna se le hubiera ocurrido discutir la enorme competencia olfativa de mi tía. 

Mi padre, preocupado por su soltería, la soledad y el desamparo en el que había quedado la pobre Isabelita, pensó en buscarle un buen novio por ver si la casaba y de esta forma  evitar que el diablo la tentara,  dañando el honor de la familia. 

Mi tía nunca salió de casa salvo para ir a la misa diaria con la abuela. No conocía la playa, la piscina, el río,  ni varón alguno.  

Todas recordaremos para siempre aquella tarde en la que fuimos a la playa, cargados con la nevera, la sombrilla, las toallas y la tía Isabelita.  

Hubo que animarla para que se pusiera el bañador. Muy nerviosa, tapada por el vestidor, comenzó a desvestirse, entregando a mi madre con mucha delicadeza sus ropajes monjiles.  

Cuando quisimos darnos cuenta, era demasiado tarde. 

Los pelos de sus axilas,  piernas y entrepierna eran libres, sin complejos y emancipados. Si no hubiera sido por el bañador negro de anchas tiras y tiro largo estilo faja, hubiera pasado por francesa desmelenada, pero su pelo corto con laca, la blancura inmensa de su piel y aquellos pelos negros que la adornaban, delataban claramente que era hija  de la castilla profunda. 

Disfrutaba entrando y saliendo del agua emitiendo grititos de satisfacción. Mientras ella evitaba las olas, nosotras evitábamos mirarla.

PilinguiñaMala

 

 

28 Mayo 2008

EL RIGOR DE MENEAME

Archivado en: Actualidad — Pilinguiña @ 10:46 pm

Debido a mi falta de formación internaútica, el otro día me aturullé llendo de aquí para allá saltando de un blog a otro, sin orden ni concierto.

Tontamente y “linkeando”, llegué al lugar de Meneame, que, por lo que parece, es casi tan famoso como el google.

A lo que iba, entré sin pensar y sin leer. No se porqué egocéntrica razón, entendí que el tema iba de contar algo de tu blog.

Sin leer los Estatutos Menearios, reduje mi post  y colgué mi tema chiki friqui.

De inmediato, como metralletas, ta,ta,ta,ta,ta, y en un sin sentir, me convirtieron,  en una paria marginal, llamándome spam, cansina y errónea. Menos mal que cerraron los comentarios porque un poco más, y me veo en el trullo.

Una vez que le dí al intro, me vi introducida en el centrifugado de la vorágine Meneada llena de internautas que, con un rigor casi nazi, me dieron a diestro y siniestro por potencial mala pécora, autobombeadora y delincuente primeriza.

En defensa propia, dado que mi cuerpo entró en rigor, me despaché contra algún Directivo del Meneo. No iba a dejar que me degollaran sin protestar un poquito.

Ni siquiera a día de hoy sé cómo funciona ese singular lugar, lo que sí tengo claro es que, desde ese fatídico día, me paseo y no meneo nada más que los dedos sobre el teclado.

 

PilinguiñaEnRigorMortis

25 Mayo 2008

PILINGUIÑA BOCAZAS

Archivado en: Cuentos — Pilinguiña @ 2:47 pm

Era el verano de mis 13 años, aquel en el que el adolescente musculado prefirió a otra, a la guarra de la pandilla, aquel en el que descubrí que no era la niña más guapa del mundo, el de mi primera regla, mis primeros cigarritos, mi primer gran amor y mi primer encotronazo con una adulta que, además, era madre coraje.

 

Sentadas en la piscina, observábamos curiosas los tres trampolines desde los que se tiraban, haciéndose los “chulitos”,  los jovencitos de los apartamentos, seleccionando a los que podían ser, o no, nuestros potenciales amigos o futuros novios. Los feos eran descartados inmediatamente. No íbamos a veranear rodeadas de adefesios.

 

Apodamos Nerón al jovencito que,  al salir del agua,  se envolvía en su toalla tapando un solo hombro. Éste,  podía ser amigo, pero sin posibilidad alguna de llegar al noviazgo debido a unas incipientes lorzas que asomaban a cada lado de sus caderas.

Al del trampolín de la izquierda, le llamamos el Ojazos Pintados por Velázquez, por guapísimo y porque éramos unas cursis y unas redichas.

Al del trampolín de en medio, el más alto, le apodamos el Mariquita. Llevaba pulseras, un bañador ínfimo y nos parecía que movía excesivamente las caderas antes de dar el salto del ángel, el angelito.

–Mira, mira el mariquita- comentábamos entre risas - ese, ese el de la pulserita en la muñeca- continuamos señalando con el dedo – mira como mueve el culo.

 

Una mano golpeó brúscamente mi hombro. Giré para ver quién de las tontas de las niñas se estaba buscando un cachete, encontrándome con la mirada furiosa de la señora que estaba sentada a mi lado. Dejamos de reir al instante.

-El maricón lo será tu padre,- dijo entre dientes con voz de loba asesina - es mi hijo y es muy hombre, te lo puedo demostrar en cualquier momento, solo tienes que entrar con él en una habitación,!imbécil!

Acojonada y bastante impresionada ante las palabras de la adulta, solo atiné a decir.

-Perdone, es que a mí me lo parecía.

Inmediatamente me arrepentí de mi estúpido comentario. Temerosa de la osti que me iba a meter la enloquecida madre, salí corriendo sin dirección, perseguida por las cobardes de mis hermanas.

Estuvimos por lo menos media hora corriendo sin rumbo. Después de deliberar e intentar restar importancia a lo ocurrido, volvimos más tranquilas, pensando más en la comida, que en la madre del muchacho.

A lo lejos, como un puntito en la terraza, estaba mamá. Con medio cuerpo fuera gesticulaba con la mano lo que intuíamos increpaba:

– Subir, subir, que vais a saber lo que es bueno.

Asustadas, y convencidas de que la adulta madre coraje había encontrado nuestra dirección y en ese momento estaba parlamentando con nuestros padres, entramos en casa.

Papá estaba sentado a la mesa mientras mamá, sirviendo los platos,  nos echaba la bronca por llegar tarde. Todo era normal, sonreimos relajadas.

Habíamos aprendido la lección: Nunca critiques sin mirar a tu alrededor.

 

Pilinguiña Lenguaraz

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